Hay algo maravilloso en observar cómo un niño descubre el mundo y a mí no deja de fascinarme. Una piedra puede convertirse en un tesoro. Un charco, en una aventura. Un caracol, en el protagonista absoluto de una mañana. Y una excursión al bosque o por el río pueden resultar mucho más emocionantes que cualquier parque de atracciones.
A veces pienso que los adultos hemos olvidado lo extraordinario que puede resultar lo cotidiano cuando lo miramos por primera vez. Y precisamente por eso creo que una de las cosas más bonitas que podemos ofrecer a nuestros hijos no son juguetes, actividades carísimas ni agendas llenas de compromisos.
Son experiencias.
La infancia necesita descubrir, no solo entretenerse
Vivimos rodeados de posibilidades para entretener a los niños y mucho más cerca de lo que creemos. Dibujos, videojuegos, juguetes interactivos, espectáculos, parques infantiles... Y todo eso puede tener su lugar, no se puede ir contra el mundo. Pero hay una diferencia enorme entre entretener a un niño y ofrecerle la oportunidad de descubrir algo.
Cuando un pequeño observa cómo las hormigas transportan comida, encuentra una huella en el barro, huele una nueva planta o descubre que una semilla puede convertirse en un gran árbol, está haciendo mucho más que pasar el rato. Está preguntándose cómo funciona el mundo. Está observando, comparando, imaginando y aprendiendo.
La curiosidad es una de las herramientas más valiosas que podemos alimentar durante la infancia de nuestros peques. Y, afortunadamente, no necesita pilas ni Wifi.
La naturaleza es una escuela extraordinaria
Me encanta pensar en todo lo que los niños pueden aprender simplemente saliendo de casa y lo veo en mi peque constantemente. Un paseo por el campo permite descubrir que las plantas tienen nombres, que los insectos cumplen funciones, que los árboles cambian con las estaciones y que no todos los animales viven donde nosotros queremos.
También enseña algo fundamental: el mundo no está ahí únicamente para nuestro disfrute; también tenemos la responsabilidad de cuidarlo y entenderlo. Podemos explicarles por qué no debemos arrancar flores sin necesidad, por qué recogemos nuestra basura, por qué observamos a los animales sin molestarlos o por qué es importante respetar sus refugios. Y podemos hacerlo sin grandes discursos.
Los niños aprenden muchísimo observando lo que hacemos; si recogemos un papel del suelo, lo ven. Si respetamos un insecto en lugar de aplastarlo, lo ven. Si nos detenemos a admirar un árbol centenario, probablemente también aprendan a admirarlo.
Siete planes sencillos para pequeños exploradores
No hace falta organizar un viaje extraordinario cada fin de semana. Muchas de las mejores experiencias están bastante cerca.
Hacer una excursión al bosque. Recoger hojas caídas, observar diferentes árboles y descubrir sonidos que normalmente pasan desapercibidos. Podéis preparar junto una libreta en la que pegar todas las hojas diferentes que os vais encontrando y, para los más mayores, buscar los nombres de los árboles o arbustos a los que pertenecen.
Visitar una granja educativa. Conocer de dónde vienen algunos alimentos, cómo viven los animales y qué cuidados necesitan, eligiendo lugares que respeten su bienestar.
Plantar algo juntos. Unas lentejas, tomates o flores. Regar, esperar y observar cómo crecen es una pequeña lección de paciencia.
Organizar una búsqueda de tesoros naturales. Encontrar una hoja de determinada forma, una piedra curiosa, una piña o tres flores de colores diferentes, sin necesidad de arrancarlas.
Descubrir un pueblo nuevo. Pasear por sus calles, entrar en una panadería, conocer una fuente antigua o conversar con sus vecinos. La cultura también se aprende caminando. ¿Y por qué no un museo rural? Hay miles y te ofrecen la posibilidad de contar un montón de anécdotas nuevas.
Pasar una noche mirando las estrellas. Con una manta, algo de abrigo y muchas preguntas. No hace falta conocer todas las constelaciones para maravillarse con el cielo ¿y qué tal una acampada?
Explorar un río, una playa o una charca. Observar renacuajos, peces, piedras y plantas acuáticas desde una distancia respetuosa, siempre con supervisión y seguridad.
Y añadiría un octavo plan que a veces olvidamos: dejarles jugar libremente. A veces tenemos que adoptar un papel espectador, sin dirigir las actividades ni explicarles lo que tienen que hacer, porque no todo son lecciones y es muy sano que se aburran.
Acompaña, observa y permite que su curiosidad decida el camino.
No necesitan padres perfectos, sino aquellos compartan su ilusión
Quizá lo más bonito de estas experiencias sea que también nos transforman a nosotros. Porque cuando sales al campo con un niño es él quien marca el ritmo y, además, terminas mirando cosas que llevabas años sin observar. Verás que te paras incluso a ver las mariposas, a escuchar los pájaros, a observar a los escarabajos o a mirar los colores de las piedras.
Y así recuerdas cómo era el mundo cuando todavía estaba lleno de primeras veces.
Tampoco hay que saber responder todas sus preguntas. Podemos buscar las respuestas juntos, preguntarles su opinión y permitir que divaguen. De hecho, una de mis frases favoritas para compartir con un niño es: «no lo sé ¿tú por qué crees que es?».
Qué manera tan bonita de enseñarles que aprender puede durar toda la vida.
Los recuerdos que se quedan
No sé qué recordarán nuestros hijos cuando sean mayores ¿los juguetes que les compramos? ¿Si acertamos con la merienda? ¿El precio de la excursión que planeamos? No lo creo, pero puede que recuerden aquella tarde en la que encontraron una rana, el día que plantaron su primer árbol, una caminata que terminó con las zapatillas llenas de barro o aquella noche en la que se quedaron mirando las estrellas con mamá o papá.
No podemos regalarles una infancia sin dificultades, pero sí podemos ayudarles a construir una infancia llena de descubrimientos. Y quizá, mientras les enseñamos a mirar el mundo con respeto, curiosidad e ilusión, ellos nos devuelvan algo muy valioso: la capacidad de maravillarnos con las pequeñas cosas.
Y ahora cuéntame: ¿cuál es esa experiencia sencilla de tu infancia que todavía recuerdas con una sonrisa? ¿Has pensado en compartir algo parecido con tus hijos?

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