No sé exactamente en qué momento decidimos que las vacaciones eran para descansar. Debió de ser antes de tener hijos, familia, casas, compromisos, maletas, lavadoras y un grupo de WhatsApp preguntando a qué hora quedamos mañana. Porque llega finales de agosto y, si a estas alturas deberíamos sentirnos renovadas, bronceadas, descansadas y con una energía extraordinaria para afrontar septiembre, yo debo haberme perdido algo. Y por otra parte ¿descansadas de qué? Porque hay veranos en los que una vuelve necesitando vacaciones de las vacaciones. El descanso también se convirtió en una expectativa Nos pasa con casi todo, que parece que no nos basta solo con vivir, que siempre tenemos que hacerlo de la forma más correcta. Y las vacaciones oficialmente deberían ser para desconectar, pasar tiempo de calidad con la familia, viajar, leer, ordenar la casa, socializar, cuidarnos... En fin, todo eso que ya sabemos. Y, francamente ¿tú llegas? Pues yo tampoco. Cambiar de obligaciones...
Seguro que si has vivido ya varias décadas, como yo, ya eres capaz de diferenciar comportamientos generacionales o al menos, observar diferencias entre unas y otras personas. Y los que nacimos entre los años 65 o primeros de los 80, crecimos escuchando algunas versiones de estas frases: «hay que ser responsable», «primero termina lo que tienes que hacer», «no seas egoísta», «Ayuda a tu hermana», «llama a tu abuela», «no contestes», «aguanta un poco» o «ya descansarás». ¿Te suenan? A mí más de una, lo reconozco y alguna que otra más. Y lo mejor es que, una de las grandes máximas educativas de nuestra generación era algo así como «porque hay que hacerlo», sin más explicaciones. Las cosas simplemente se hacían. Y entre unas y otras, procurábamos no molestar demasiado mientras aprendíamos bastante pronto que ser una «buena chica» tenía mucho que ver con pensar en los demás. Sí, eso sin duda funcionó. El problema es que algunas aprendimos tan bien a cuidar, responsabilizarnos y aguanta...