El otro día tuve que esperar, nada dramático, solo una espera más. Y casi automáticamente saqué el móvil y busqué una aplicación, pero fíjate en el gesto. Después lo pensé ¿en qué momento cinco minutos sin hacer nada se convirtieron en un problema que había que solucionar? Ahora esperamos mirando el móvil, comemos viendo algo, caminamos escuchando algo, conducimos con música, con un podcast o con un audiolibro... ¿Ves a qué me refiero? Y lo peor, si una página tarda tres segundos en cargar, empezamos a sospechar que internet ha colapsado o simplemente la cerramos y buscamos otra. Así nos pasamos la vida buscando "esas soluciones"; si hace calor, aire acondicionado, si hace frío calefacción, si tenemos hambre podemos conseguir comida casi inmediatamente... Nunca en la historia habíamos tenido tantas herramientas para evitar pequeñas incomodidades y tan rápidas y aun así, la sensación es que cada vez nos cuesta más soportarlas . Siempre que pienso en esto me viene a la mente ...
No sé exactamente en qué momento decidimos que las vacaciones eran para descansar. Debió de ser antes de tener hijos, familia, casas, compromisos, maletas, lavadoras y un grupo de WhatsApp preguntando a qué hora quedamos mañana. Porque llega finales de agosto y, si a estas alturas deberíamos sentirnos renovadas, bronceadas, descansadas y con una energía extraordinaria para afrontar septiembre, yo debo haberme perdido algo. Y por otra parte ¿descansadas de qué? Porque hay veranos en los que una vuelve necesitando vacaciones de las vacaciones. El descanso también se convirtió en una expectativa Nos pasa con casi todo, que parece que no nos basta solo con vivir, que siempre tenemos que hacerlo de la forma más correcta. Y las vacaciones oficialmente deberían ser para desconectar, pasar tiempo de calidad con la familia, viajar, leer, ordenar la casa, socializar, cuidarnos... En fin, todo eso que ya sabemos. Y, francamente ¿tú llegas? Pues yo tampoco. Cambiar de obligaciones...