Aprender a vivir con una despedida que nunca existió debe ser lo más duro y desconcertante que alguien puede vivir, por lo desgarradoras que son las muertes que no avisan. Porque no se trata solo de perder a alguien, sino de romper con brutalidad lo que era cotidiano hasta el momento. Imagino a una persona levantándose por la mañana, que quizá tuvo que apagar dos veces el despertador, después a la ducha, elige qué ponerse y se prepara un café o un desayuno, a solas o con la familia. Tal vez va con prisas y se deja los platos en la mesa porque "ya los recogeré a la vuelta" o da los besos de corrido porque "luego hablamos" o no se despide porque "que duerma un poco más hoy que puede". Y sale de casa. Tiene reuniones, compromisos, una comida pendiente, un mensaje que todavía no ha contestado. Puede que esté pensando en qué preparar para cenar, en lo que hará el próximo fin de semana o en cómo seguirá la serie que está viendo. Pero no sabe que está viviendo s...
Hay algo maravilloso en observar cómo un niño descubre el mundo y a mí no deja de fascinarme. Una piedra puede convertirse en un tesoro. Un charco, en una aventura. Un caracol, en el protagonista absoluto de una mañana. Y una excursión al bosque o por el río pueden resultar mucho más emocionantes que cualquier parque de atracciones. A veces pienso que los adultos hemos olvidado lo extraordinario que puede resultar lo cotidiano cuando lo miramos por primera vez . Y precisamente por eso creo que una de las cosas más bonitas que podemos ofrecer a nuestros hijos no son juguetes, actividades carísimas ni agendas llenas de compromisos. Son experiencias. La infancia necesita descubrir, no solo entretenerse Vivimos rodeados de posibilidades para entretener a los niños y mucho más cerca de lo que creemos. Dibujos, videojuegos, juguetes interactivos, espectáculos, parques infantiles... Y todo eso puede tener su lugar, no se puede ir contra el mundo. Pero hay una diferencia enorme entre entretene...