Este fin de semana conocí a una niña de diez años que me hizo reflexionar sobre algo que llevaba tiempo rondándome la cabeza. Ella estaba viendo dibujos animados en una plataforma de televisión. Nada extraordinario, aparentemente. Pero había algo en su comportamiento que me llamó la atención: saltaba las cabeceras para no perder segundos, cambiaba de episodio antes de que terminara el anterior y parecía necesitar que todo sucediera inmediatamente.
Sin esperas. Sin pausas. Sin esos pequeños espacios en los que, sencillamente, no ocurre nada.
Tengo una hija de tres años y comprendo perfectamente su impaciencia. A esa edad, esperar es una habilidad que todavía se está desarrollando. Pero observar aquel comportamiento en una niña de diez años me hizo plantearme si estamos educando para vivir en el mundo real o para desenvolverse únicamente en un entorno que deba responder inmediatamente a sus deseos.
Por supuesto, una escena aislada no permite sacar conclusiones sobre una niña, su educación o su capacidad de atención. Quizá simplemente estaba acostumbrada a utilizar así aquella plataforma. Pero la escena me pareció una representación de algo que nos está sucediendo como sociedad.
Y no afecta exclusivamente a los niños, porque cuando yo tengo que esperar por algo, como en la consulta del médico, tampoco me permito esos minutos de inactividad o de aburrimiento (algo tan sano y tan necesario para nuestra mente) y también saco el móvil en busca de distracción o leo alguna revista.
Hemos convertido la impaciencia en una funcionalidad
Piénsalo por un momento. Antes esperábamos a que empezara nuestra serie favorita o a que se acabara el telediario para tener nuestra dosis diaria de dibujos animados. Veíamos las cabeceras, soportábamos los anuncios, la "programación de mayores" y, cuando terminaba un capítulo, teníamos que esperar hasta el siguiente.
Escuchábamos canciones completas. Mirábamos por la ventanilla durante los viajes. Nos aburríamos en las salas de espera. Y cuando queríamos saber algo, no siempre podíamos obtener la respuesta inmediatamente.
No éramos necesariamente más pacientes, más inteligentes ni más disciplinados. Simplemente, el mundo no funcionaba a nuestra velocidad.
Hoy podemos saltarnos las introducciones, acelerar los vídeos, recibir un pedido al día siguiente, comprar en un clic, consultar cualquier información en segundos y cambiar de entretenimiento tantas veces como queramos.
La tecnología ha eliminado muchísimas esperas innecesarias y eso es un avance indiscutible. Pero ¿qué sucede cuando dejamos de distinguir entre una espera innecesaria y una espera que forma parte natural de la vida?
Porque aprender requiere tiempo. Las relaciones necesitan tiempo. Desarrollar habilidades exige repetición. Y muchas de las cosas que realmente merecen la pena no ofrecen recompensas inmediatas.
El problema no es saltarse la cabecera de una serie. El problema potencial aparece cuando nos acostumbramos tanto a eliminar cualquier intervalo que empezamos a vivir toda pausa como una molestia. Y los adultos no podemos fingir que esto no tiene nada que ver con nosotros.
Somos los primeros, como te decía, en sacar el móvil mientras esperamos el ascensor, consultar mensajes durante una conversación o sentir la necesidad de llenar cualquier momento vacío. Quizá nuestros hijos no estén inventando una nueva forma de impaciencia, sino simplemente estén perfeccionando la nuestra.
De una educación demasiado dura a una crianza que teme la frustración
Mi generación creció, en muchos casos, con una educación muy diferente. Había normas que no se discutían, obligaciones que se cumplían y emociones que apenas se tenían en cuenta.
Se esperaba que los niños obedeciéramos sin más, que respetáramos a los adultos (hasta llamábamos de Don a los profes) y que aprendiéramos pronto que la vida no siempre iba a ser agradable.
Aquella educación tenía defectos importantes. Se confundía el respeto con el miedo, la disciplina con el castigo y la fortaleza con la incapacidad de mostrar vulnerabilidad. Por eso resulta comprensible que muchas personas hayamos querido hacerlo de otra manera.
Queremos escuchar a nuestros hijos, respetar sus emociones, acompañarlos y evitarles sufrimientos que nosotros experimentamos. Y eso es positivo. Pero quizá, en algunos casos, hemos llevado esa corrección demasiado lejos y hemos empezado a confundir una infancia feliz con una infancia sin frustraciones.
Nos incomoda ver a nuestros hijos aburridos, decepcionados o enfadados. Nos apresuramos a ofrecer soluciones, entretenimiento o alternativas para que recuperen cuanto antes su bienestar. Sin embargo, la frustración no es necesariamente un problema que debamos eliminar. También es una experiencia humana que debemos aprender a gestionar.
Un niño necesita descubrir que puede perder un juego sin que eso destruya su autoestima, que no siempre será el primero, que otras personas también tienen necesidades y que algunas cosas requieren esfuerzo antes de producir satisfacción.
No se trata de endurecer a los niños ni de dejarlos solos ante sus dificultades. Se trata de acompañarlos mientras desarrollan los recursos necesarios para afrontarlas. Porque proteger a un niño del daño es nuestra responsabilidad; impedirle experimentar cualquier dificultad puede limitar su aprendizaje.
La autoestima no consiste en sentirse extraordinario
Hay otro fenómeno que me preocupa. Y es que, durante años hemos insistido, con razón, en la importancia de la autoestima y la educación emocional. Pero a veces hemos transmitido mensajes incompletos.
Queremos que los niños se sientan valiosos, seguros y capaces. Sin embargo, eso no significa que deban destacar en todo, recibir reconocimiento constante o evitar cualquier experiencia que cuestione sus capacidades.
Una autoestima saludable no consiste en pensar que somos extraordinarios. Consiste en saber que seguimos teniendo valor cuando nos equivocamos, cuando perdemos, cuando alguien nos rechaza o cuando descubrimos que no somos especialmente buenos haciendo algo.
Del mismo modo, validar las emociones de un niño no significa aceptar todas sus conductas. Puede estar enfadado, pero no puede pegar; puede sentirse decepcionado, pero debe aprender a respetar las decisiones de los demás; puede tener miedo, pero necesita oportunidades para descubrir que es capaz de afrontar situaciones difíciles.
La educación emocional debería enseñarnos a comprender lo que sentimos, regular nuestra conducta y responsabilizarnos de nuestros actos. No a convertir cualquier emoción desagradable en una razón para evitar lo que tenemos delante.
¿Y si también estamos perdiendo la capacidad de aburrirnos?
Recuerdo aquellas tardes de infancia en las que no había nada especial que hacer. Nadie organizaba constantemente nuestras actividades. No teníamos entretenimiento ilimitado ni una pantalla dispuesta a ofrecernos novedades cada pocos segundos. A veces nos aburríamos. Y entonces inventábamos juegos, buscábamos compañía, explorábamos o encontrábamos alguna manera de ocupar el tiempo.
No pretendo idealizar aquella infancia. También tenía limitaciones, peligros y carencias. Pero sí creo que merece la pena recuperar algo: la posibilidad de que los niños tengan tiempo que no esté previamente organizado, dirigido o entretenido por otros. Porque el aburrimiento ocasional no es una enfermedad ni un fracaso de los padres. Puede ser una oportunidad para que un niño descubra qué quiere hacer, para que explore sus intereses y para que aprenda a tomar pequeñas decisiones.
Esto no significa que el aburrimiento, por sí solo, produzca creatividad o resiliencia. Tampoco que las pantallas sean responsables de todos los problemas actuales. Pero sí que significa que necesitamos preservar espacios para actividades que no dependan de estímulos digitales constantes. Jugar, conversar, construir, leer, imaginar, explorar la naturaleza o simplemente descansar. Porque aprender a estar con uno mismo también forma parte de crecer.
Hablamos más que nunca de salud mental, pero ¿estamos realmente peor?
Aquí llegamos a una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo. Nunca habíamos hablado tanto de ansiedad, autoestima, bienestar emocional, trauma, límites personales o autocuidado. Y, sin embargo, la preocupación por la salud mental, especialmente entre adolescentes y jóvenes, es enorme.
Según la Organización Mundial de la Salud, aproximadamente uno de cada siete adolescentes de entre 10 y 19 años vive con algún trastorno mental.
Por su parte, el Barómetro de Opinión de la Infancia y la Adolescencia 2023-2024 de UNICEF España señalaba que alrededor del 41 % de los adolescentes encuestados afirmaba haber tenido o creído tener, algún problema de salud mental durante el último año. Conviene aclarar que esta última cifra refleja experiencias declaradas, no diagnósticos clínicos.
Son datos que merecen atención. Pero sería demasiado sencillo concluir que los jóvenes están peor porque sus padres los han educado mal. También debemos considerar que hoy identificamos problemas que antes permanecían ocultos, hablamos de ellos con menos vergüenza y disponemos de más conocimientos para reconocerlos.
Muchas personas de generaciones anteriores convivieron con ansiedad, depresión o experiencias traumáticas sin recibir ayuda. No hablaban de salud mental porque, sencillamente, no formaba parte de las conversaciones habituales. Y aguantar en silencio nunca ha sido una prueba definitiva de fortaleza.
Sin embargo, tampoco podemos ignorar que las condiciones de vida han cambiado.
Las redes sociales han multiplicado las posibilidades de comparación. La incertidumbre económica condiciona los proyectos de futuro. La presión académica y laboral puede ser intensa. Y las relaciones sociales se desarrollan en un entorno cada vez más digitalizado. Por eso sería injusto responsabilizar únicamente a las familias. No podemos pedir personas emocionalmente equilibradas mientras ignoramos las condiciones sociales en las que intentan construir sus vidas.
El error de querer que nuestros hijos sean felices todo el tiempo
Parece que estemos convirtiendo la idea de ser felices en una obligación, como si tuviéramos que serlo sí o sí. Felices en nuestras relaciones, en nuestro trabajo, con nuestro cuerpo y con nuestra vida. Tenemos que cuidarnos, crecer personalmente, alcanzar objetivos, gestionar nuestras emociones y desarrollar nuestra mejor versión. Y, por supuesto, queremos todo eso para nuestros hijos.
Pero ¿qué ocurre cuando convertimos la felicidad en una exigencia? Que cualquier momento de tristeza, aburrimiento, desmotivación o incertidumbre empieza a parecernos un problema que debemos solucionar. Y quizá deberíamos cambiar ligeramente el objetivo.
En lugar de educar para estar siempre bien, podríamos educar para saber vivir también cuando las cosas no van bien. Para comprender que podemos sentirnos tristes sin que nuestra vida sea un fracaso. Que podemos aburrirnos sin necesitar entretenimiento inmediato; que podemos equivocarnos sin perder nuestro valor; que podemos recibir un no sin interpretarlo como una injusticia y que podemos pedir ayuda sin sentirnos débiles.
Porque la vida no es una sucesión ininterrumpida de experiencias agradables. Y ninguna crianza, por respetuosa y amorosa que sea, puede garantizar que nuestros hijos nunca sufran.
Siete cosas que podemos empezar a hacer de otra manera
No necesitamos regresar a la educación autoritaria ni convertir nuestros hogares en academias de resistencia emocional. Podemos empezar con cambios mucho más sencillos.
1. Permitir pequeñas esperas. No es necesario responder inmediatamente a cada petición. Esperar unos minutos, respetar turnos y comprender que otras personas también tienen prioridades son aprendizajes cotidianos.
2. No solucionar automáticamente cada dificultad. Antes de intervenir, podemos preguntar: «¿Cómo crees que podrías resolverlo?». La autonomía necesita oportunidades para desarrollarse.
3. Recuperar el juego libre. No todos los momentos de la infancia necesitan actividades dirigidas, pantallas o entretenimiento organizado.
4. Enseñar a terminar algunas cosas. Un puzle, una manualidad, una lectura o una pequeña tarea doméstica pueden ayudar a practicar la perseverancia, siempre que sean actividades apropiadas para su edad y capacidades.
5. Establecer límites claros y afectuosos. Los niños necesitan sentirse escuchados, pero también comprender que convivir implica normas y responsabilidades.
6. Dar ejemplo con nuestra propia atención. Si queremos que nuestros hijos conversen sin mirar constantemente una pantalla, quizá debamos empezar por dejar nosotros el teléfono a un lado.
7. Valorar el proceso, no solamente el resultado. Aprender a esforzarse, pedir ayuda, corregir errores y volver a intentarlo puede ser mucho más importante que ganar o destacar.
No son recetas infalibles ni sustituyen la atención profesional cuando existen dificultades importantes. Son pequeñas oportunidades para practicar habilidades que necesitarán durante toda su vida.
Quizá el gran reto de nuestra época sea aprender a permanecer
Vuelvo a aquella niña de diez años que saltaba de un dibujo animado a otro sin esperar. No sé cómo se comporta en el colegio, cómo se relaciona con sus amigos ni si es capaz de concentrarse durante horas en algo que realmente le apasiona. Así que sería injusto sacar conclusiones sobre ella a partir de una escena. Pero su comportamiento me hizo pensar en algo que va mucho más allá de la infancia.
Vivimos rodeados de alternativas inmediatas. Si un vídeo no nos interesa, lo cambiamos. Si una conversación nos aburre, miramos el móvil. Si una actividad exige demasiado esfuerzo, buscamos otra que nos proporcione satisfacción más rápidamente. Y quizá corremos el riesgo de olvidar una habilidad esencial: permanecer el tiempo suficiente para que algo pueda desarrollarse.
Permanecer en un aprendizaje cuando todavía no somos buenos; permanecer en una conversación cuando requiere escuchar; permanecer en un proyecto cuando desaparece el entusiasmo inicial; permanecer ante una dificultad el tiempo necesario para intentar resolverla.
Esto no significa aguantar relaciones dañinas, aceptar situaciones injustas o perseverar ciegamente en aquello que nos perjudica. Significa aprender a distinguir entre algo que debemos abandonar y algo que simplemente requiere paciencia. Y esa diferencia puede ser determinante.
No necesitamos niños que nunca sufran, sino niños que sepan vivir
Puede que nuestra generación haya intentado corregir tantos errores de la educación que recibió que, en ocasiones, ha terminado cometiendo otros distintos y es normal ¿no te parece que educar es una de las tareas más complejas y difíciles que hay?
Pero tampoco sería justo cargar toda la responsabilidad sobre madres y padres que intentan criar en un mundo cada vez más exigente, acelerado y complejo. Porque la educación no sucede únicamente en casa. También educan la escuela, los amigos, la tecnología, el entorno, las condiciones económicas y los valores que transmitimos como sociedad.
Por eso, antes de preguntarnos qué estamos haciendo mal con nuestros hijos, quizá deberíamos preguntarnos qué modelo de vida les estamos mostrando. Uno en el que todo debe ser inmediato, cómodo, emocionante y satisfactorio. O uno en el que también hay espacio para la espera, el esfuerzo, el aburrimiento, la responsabilidad y las pequeñas satisfacciones que llegan después de haber perseverado.
No quiero que mi hija crezca creyendo que tiene que soportarlo todo en silencio, como aprendieron tantas personas de generaciones anteriores. Pero tampoco quiero que piense que cualquier incomodidad es insoportable o que el mundo debe adaptarse permanentemente a sus deseos.
Quiero que sepa que puede estar triste y seguir siendo feliz con su vida. Que puede equivocarse y volver a intentarlo. Que puede aburrirse y descubrir algo nuevo. Que puede frustrarse sin perder la confianza en sí misma. Y, sobre todo, quiero que entienda que no necesita una vida perfecta para construir una vida valiosa.
Porque quizá educar bien no consiste en despejarles el camino a nuestros hijos, sino en darles las herramientas, el afecto y la confianza necesarios para que aprendan a recorrerlo. Y ahora me gustaría conocer tu opinión.
¿Crees que estamos sobreprotegiendo a las nuevas generaciones? ¿Hemos confundido la educación emocional con evitar cualquier frustración? ¿O el verdadero problema es que estamos intentando educar para la paciencia en una sociedad que ya no sabe esperar?
Te leo en los comentarios.
*Para profundizar en los datos mencionados: Organización Mundial de la Salud, «La salud mental de los adolescentes»; UNICEF España, «Barómetro de Opinión de la Infancia y la Adolescencia 2023-2024».

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