Estaría bien adelgazar cinco kilos o veinticinco, pero no quiero que esto se convierta en un lastre diario. Bueno, a ver. Si desaparecieran misteriosamente mientras duermo tampoco voy a presentar una reclamación, solo digo que no quiero pasarme los próximos años pensando que mi cuerpo es un proyecto pendiente de reforma.
Tampoco quiero una piel sin arrugas, una casa siempre recogida, una alimentación impoluta, una agenda perfectamente organizada, abdominales visibles, el armario por colores y una rutina de mañana que empiece a las cinco y media con agua templada con limón, meditación y gratitud. A las cinco y media yo siento gratitud si estoy durmiendo todavía y mi hija no me ha despertado pidiendo tetita o para que le cambie por una fuga de pis.
Y bueno, qué se le va a hacer, últimamente pienso mucho en esto, en todo esto.
Tenemos una vida entera dedicada a conseguir cosas, mejorar cosas, arreglar cosas y prepararnos para cosas que ocurrirán después. Yo miro mi armario o mi reflejo en el espejo y pienso "cuando adelgace..."; miro mis cuentas y pienso "cuando tenga más dinero..."; miro mi agenda y pienso "cuando termine esto..."; miro a mi niña y pienso "cuando sea más mayor..." y así podría seguir contándote mis frustraciones.
Pero cuando, cuando, cuando ¿cuando qué? Estoy viva ahora. Y quizá parezca una obviedad, pero vivo como si no lo fuera.
¿Quién decidió cómo debería ser una mujer de cuarenta y tantos?
Me gustaría conocerla, aunque seguro que fue un hombre ¡como si lo viera! La persona que decidió que a determinada edad debemos conservar la cara de los treinta, el cuerpo de los veinticinco, la energía de los veinte y, simultáneamente, tener la madurez emocional de un monje budista.
¡Menudo encargo! Pero es que a los cuarenta y tantos tenemos arrugas ¿tú no? Algunas tenemos barriga, canas, estrías, pechos que han conocido tiempos mejores y otros que directamente han vivido guerras. Tenemos cicatrices, manchas, ojeras y cuerpos que han engordado, adelgazado, gestado, parido, enfermado, sanado, entrenado, dejado de entrenar y vuelto a empezar. ¿Y qué?
No digo que tengamos que abandonar nuestro cuerpo, todo lo contrario. Yo quiero estar fuerte, alimentarme bien, cuidar mi piel, moverme y llegar a mayor con toda la autonomía posible. Pero hay una diferencia enorme entre cuidar un cuerpo y pasarte la vida corrigiéndolo. El mío no es un borrador y gracias a él estoy viviendo mi vida.
Quiero mirarme y hablarme bien
Esto parece una tontería hasta que prestas atención a cómo nos hablamos. No sé si a ti te pasa también, pero esos «qué cara tengo», «estoy gordísima», «mira qué arrugas», «estoy fatal» o «antes estaba mucho mejor» no nos ayudan en nada.
Piensa que si habláramos así de una amiga cada vez que la viéramos probablemente dejaría de coger el teléfono. Sin embargo, podemos pasar décadas hablando así de nosotras mismas.
Yo ya no quiero hacerlo. No necesito mirarme al espejo todas las mañanas y decirme que soy una diosa intergaláctica, me basta con no insultarme, con mirar mi cara y reconocerla: esta soy yo.
Y soy la que toma buenas y malas decisiones, la que debía marcharse antes o se marchó demasiado pronto, la que ha querido bien y mal, la que ha empezado cosas y ha abandonado otras. Todo está ahí, en mi ser y en mi reflejo. Y no quiero borrar las versiones anteriores de mí para convertirme en una mujer mejor, quiero construir sobre ellas.
Porque estoy aquí y estoy así y si he llegado ha sido por todo eso, por lo bueno y por lo malo.
También mis malas decisiones me han traído hasta aquí
Nos encanta imaginar cómo sería nuestra vida si hubiéramos tomado otras decisiones ¿verdad? Sobre todo cuando intentamos corregir mentalmente nuestras cagadas; si hubiera estudiado aquello, si no hubiera conocido a esa persona, si hubiera aceptado aquel trabajo, si no hubiera vendido aquella casa...
Quizá nuestra vida sería mejor o quizá sería un desastre completamente distinto. Nunca lo sabremos. Pero lo que sí sabemos es que la mujer que somos hoy también está construida con las cosas que hicimos mal.
Y es que, si lo piensas bien, aquellas cosas nos enseñaron límites, nos enseñaron qué no queremos, algunas nos costaron dinero, otras años, otras cicatrices por fuera o por dentro y sí, hay que reconocer que ciertas decisiones fueron sencillamente malas. No hace falta convertir cada metedura de pata en una maravillosa lección del universo. Pero sí, ocurrieron y aquí seguimos.
No puedo modificar a la mujer que tomó aquellas decisiones con la información que tenía entonces. Pero puedo decidir qué hace la mujer que soy ahora con lo aprendido y eso a mí me interesa mucho más.
Se puede empezar de cero a cualquier edad
Esta idea me parece especialmente importante después de los 40 y quien me conoce sabe que yo la he llevado a la práctica muchas veces.
Aunque nos han vendido una cronología bastante rígida de la vida, no sé si estás de acuerdo, pero debemos formarnos, después podemos construir y al final consolidamos. Y supongo que lo que resta de vida es el tiempo que dedicamos a vigilar las obras desde un banco. Pues no.
A los 43 puedes empezar una carrera. A los 48 puedes montar un negocio. A los 52 puedes enamorarte. A los 57 puedes empezar a entrenar. A los 61 puedes aprender inglés. A los 70 puedes hacer algo que llevas treinta años queriendo hacer o puedes entrar en la universidad si es lo que deseas.
Y a cualquier edad puedes decir «esta vida ya no me gusta, voy a intentar construir otra».
Lo cierto es que nunca empiezas realmente desde cero porque cuentas con experiencia y eso ya es una ventaja considerable, pero si tienes miedo, hazlo con miedo.
Nos vamos a morir y, curiosamente, eso me parece una buena noticia
No nos vamos a morir ahora, espero, porque tengo cosas que hacer. Pero sí vamos a morir en algún momento, todos nosotros. Este es quizá el único plan de futuro que tenemos completamente confirmado. De hecho, vamos a estar muertas durante toda la eternidad y vivas durante un periodo ridículamente pequeño.
Dicho así resulta bastante eficaz para poner ciertas preocupaciones en perspectiva. Porque mañana puede aparecer una enfermedad, puede haber un accidente o un cambio inesperado ¡et voilà! Aquí haciendo planes para nada.
O puede no pasar absolutamente nada y simplemente seguir transcurriendo el tiempo, que también es una manera bastante eficaz de quedarse sin él.
No quiero vivir asustada porque la vida pueda terminar, aunque desde que soy madre, esa perspectiva del final me gustaría que se retrasara lo más posible. No obstante, quiero utilizar precisamente esa certeza para recordar que está ocurriendo ahora, mi vida se agota un poquito más cada día.
¿Por qué corremos tanto detrás de cosas?
Quiero dinero, claro que sí, para ganar seguridad, libertad y más posibilidades.
Me gustan las cosas bonitas y viajar y comprar caprichos de vez en cuando y no puedo fingir que he alcanzado un nivel espiritual en el que puedo alimentarme de amaneceres, pero ¿cuánto es suficiente?
Porque siempre existe una casa mejor, un coche mejor, un teléfono nuevo, otra reforma, otro bolso u otro lo que sea. Y si nuestra felicidad siempre está situada justo después de la próxima adquisición, tenemos un problema bastante rentable para alguien.
Además, recuerda que no vamos a llevarnos nada. Ni la casa ni la cuenta bancaria ni los zapatos, bueno, quizás algún par nos pongan para completar el outfit en la morgue. Quiero llegar con esto a que lo más valioso que tendremos mientras estemos aquí será tiempo, días y cada día gastado exclusivamente preparando el siguiente también cuenta (y se pierde).
Quiero seguir mejorando. Pero no quiero convertirme en un proyecto infinito
A mí me encanta aprender y siempre he sido muy exigente conmigo misma, pero esto lo disfruto. Quiero saber más, ser más consciente, corregir errores, mejorar profesionalmente, cuidar mi salud, descubrir cosas nuevas tan a menudo como sea posible y seguir creciendo hasta que sea una anciana insoportable que todavía esté preguntando o investigando cómo funciona todo.
Pero crecer no significa vivir permanentemente insatisfecha con quien eres ahora. Porque puedo querer mejorar y gustarme, puedo aprender sin sentirme insuficiente, puedo cuidar mi cuerpo sin odiarlo, puedo aspirar a más sin despreciar lo que ya tengo o cambiar sin considerar un fracaso a la mujer que fui.
No quiero mejorar porque ahora esté mal, sino porque estar viva me permite seguir descubriendo cosas, incluso de mí misma.
También quiero leer un libro sin convertirlo en productividad
Quiero hacer mil cosas y comerme el mundo, es verdad, pero también quiero recuperar los pequeños placeres; leer porque me apetece, caminar sin contar los pasos, sentarme al sol, tomarme un café sin hacer tres cosas más simultáneamente, reírme hasta que me duela la barriga y quedarme hablando demasiado tiempo.
También quiero escuchar una canción dos veces o ver la misma película cincuenta, no hacer nada útil durante una hora o jugar con mi hija durante tres sin estar pensando mientras tanto en todas las tareas que hay por hacer.
Y te contaré un secreto: siempre habrá cosas por hacer porque las tareas no se terminan nunca, son inmortales, así que algunas veces pueden esperar.
Quiero aprender a elegir y después disfrutar de lo elegido
Porque si decido quedarme en casa, quiero disfrutar de quedarme y si salgo, quiero disfrutar de haber salido, pero también quiero disfrutar el descanso o el trabajo o el maldito trozo de tarta en lugar de acompañarla de un informe psicológico sobre mis decisiones nutricionales.
Y si digo que no, no quiero pasar las siguientes cuatro horas redactando mentalmente una defensa ante un tribunal imaginario con todos los argumentos que respalden mi negativa.
Elegir y permanecer en la elección. Qué difícil parece y qué descanso cuando lo conseguimos.
Quiero ignorar más cosas
Porque ignorar también me parece una habilidad que quiero cultivar, por mi salud mental y mi bienestar social. Y es que no todo merece nuestra atención o necesita respuesta, como no todos merecen tener acceso a nosotras (sobre todo mi ex) ni todas las opiniones requieren análisis (sobre todo las suyas).
Con los años quiero volverme mucho mejor seleccionando dónde pongo mi atención. Porque esa atención también es vida y aquello a lo que dedicamos una hora acaba de recibir una hora de nuestra existencia. Por eso quiero empezar a ser bastante más exigente con a quién o a qué se la regalo.
A los cuarenta y tantos no quiero ser perfecta. Quiero ser mía
Quiero dejar de posponer la sensación de estar viviendo hasta que consiga convertirme en alguna versión futura de mí misma, como una carrera en la que el premio aumenta su distancia según me voy acercando a él. ¡Ya no más!
Esta versión de mí, la mujer que soy ahora y mis circunstancias, también cuentan. Con este cuerpo, este artículo, este día cualquiera, este café con leche y esta vida imperfecta que está sucediendo mientras hacemos planes para mejorarla.
Quizá dentro de veinte años mire una fotografía de mí ahora y piense lo joven que era, aunque hoy no me sienta así, como cuando anhelamos volver a aquél cuerpo de hace veinte años y que tachábamos de gordo dentro de una talla 38 o 40.
Así que quizá haya llegado el momento de hacer algo revolucionario: gustarnos mientras todavía estamos aquí para disfrutarlo, porque nunca seremos tan jóvenes como en este preciso instante.
Gustarnos ahora, aquí y ahora. Porque mejorar nuestra vida también puede consistir simplemente en vivirla.
Y tú, si supieras que no tienes que demostrar absolutamente nada a nadie ¿qué harías más y qué dejarías de hacer desde hoy? Te leo.

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