Hace poco me encontré con unos comentarios de Monica Bellucci que me encantaron. En una entrevista dijo que no volvería a tener 20 años por nada del mundo. Y yo siento lo mismo.
Creo que cuando somos más jóvenes todavía tenemos que descubrir quienes somos, mientras que con los años empezamos a saber qué necesitamos y de qué puedes prescindir. Así que no volvería a los 20 ni a los 25 y posiblemente tampoco a los 30, aunque hubo cosas maravillosas en aquellos años.
Lo único que echo de menos de ser joven es preocuparme menos por determinadas cosas. Aunque pensándolo bien, quizá ni siquiera me preocupaba menos, quizá solo me preocupaba por cosas diferentes.
A los 20 tenía más tiempo, pero mucha más prisa
Cuando eres joven parece que tenemos toda la vida por delante y, sin embargo, tenemos una prisa tremenda. Queremos encontrar pareja, conseguir trabajo, independizarnos, tener dinero, descubrir quiénes somos, demostrar que podemos ¡no se acaba nunca!
Pero a los 40 es diferente, porque objetivamente sabemos que nos queda menos tiempo por delante que a los 20, sin embargo entendemos que no todo merece urgencia. Y es eso lo que cambia nuestra forma de vivir.
Hay cosas maravillosas que solo llegan con los años
La juventud tiene ventajas indiscutibles de las que no necesito convencerte, pero cumplir años trae cosas interesantes y de las que hablamos bastante menos. Una de ellas es criterio. Porque hemos visto más cosas, nos hemos equivocado, hemos acertado, hemos conocido a personas extraordinarias y también a auténticos imbéciles (qué se le va a hacer).
Hemos tenido trabajos buenos y trabajos que parecían experimentos sociológicos sobre los límites de la paciencia o capacidad humana. Hemos amado, perdido, cambiado de opinión y descubierto que algunas cosas que parecía importantísimas no lo eran tanto. Y que otras a las que apenas prestábamos atención eran fundamentales.
Todo eso va construyendo algo que a los veinte todavía no podemos tener, simplemente porque hay conocimientos que necesitan tiempo.
La década de los 40 tiene algo extraordinario
A mí me está gustando. Mucho. Y sé que no es una opinión universal, no obstante creo que la década de los 40 tiene una combinación bastante única. Porque todavía tenemos energía para empezar cosas y experiencia suficiente para no empezarlas todas. Tenemos ideas y capacidad para distinguir entre las buenas y las que solo nos entusiasmarán tres días y adiós.
Muchas tenemos algo más de estabilidad económica o profesional, algunos conocimientos, conversaciones... Podemos sentarnos en una mesa y hablar de trabajo, política, economía, hijos, sexo, relaciones, tecnología, libros, salud, dinero o de por qué demonios los calcetines desaparecen dentro de la lavadora.
Y, sobre todo, ocurre que nuestra opinión empieza a pertenecernos de verdad.
Ya no necesito saber qué opinas de lo que opino
Esto quizá sea una de las mejores cosas de cumplir años.
A los veinte, que alguien no estuviera de acuerdo conmigo podía hacerme replantear mi postura. Ahora puedo escuchar a alguien, considerar sus argumentos y pensar: «pues no estoy de acuerdo» y seguir comiendo tranquilamente. Qué maravilla.
Eso no significa volverse rígida. De hecho, creo que debería suceder justo lo contrario: cuanto más sabemos, más conscientes somos de todo lo que ignoramos. Pero una cosa es estar dispuesta a cambiar de opinión y otra muy distinta necesitar la aprobación de los demás para tener una.
Y con los años empiezas a separar ambas cosas.
El qué dirán pierde volumen
No desaparece. Tampoco voy a vender aquí la iluminación espiritual de los cuarenta porque, de alguna manera, seguimos queriendo gustar y nos seguimos preguntando si hemos dicho algo inconveniente o si comprenderán que tomemos determinada decisión. Pero bueno, es diferente, tiene menos fuerza.
Empezamos a descubrir que la mayoría de la gente está tan ocupada pensando en su propia vida para pensar demasiado en la nuestra. Y las personas que sí dedican muchísimo tiempo a juzgarnos tampoco deberían convertirse precisamente en nuestro comité asesor.
Así que empezamos a hacer cosas solo porque queremos.
Decir que no, cambiar, vestir de determinada manera, abandonar algunas relaciones, empezar proyectos que otros no entienden... Porque vivir intentando satisfacer expectativas ajenas es una forma bastante absurda de gastar una vida.
Ya no necesito demostrar tantas cosas
A determinada edad empezamos a cansarnos de los exámenes que nadie nos ha pedido; demostrar que somos buenas madres, buenas hijas, buenas amigas, buenas parejas, que podemos con todo ¡qué agotador!
Con los años empezamos a vislumbrar que una vida buena no necesita parecer una vida buena desde fuera. Y esa idea abre muchísimo espacio.
También cambia nuestra relación con la belleza
Aquí vuelvo a Monica Bellucci porque me parece especialmente significativo que una mujer cuya carrera ha estado tan vinculada a su belleza diga que no desea recuperar su juventud.
Ella misma ha hablado de cómo la belleza cambia con la edad: alrededor de los 40, 45 o 50 deja de depender únicamente de la juventud y empieza a tener mucho más que ver con la persona y con las batallas que ha vivido. Y hay algo que me encanta de eso.
Porque quizá durante años nos hicieron creer que la belleza femenina tenía una fecha de caducidad. Como si los veinte fueran la cima y todo lo posterior consistiera en intentar alejarnos de ella lo más despacio posible.
Pero ¿y si no fuera así? ¿Y si no estuviéramos perdiendo una versión mejor de nosotras mismas? ¿Y si simplemente estuviéramos cambiando de versión?
Tengo cosas a los 40 que no podía comprar con toda la juventud de los 20; seguridad, experiencia, perspectiva, historias, capacidad para detectar determinadas tonterías a kilómetros de distancia y eso también resulta atractivo. Para mí muchísimo.
Ya sabemos que casi todo pasa
A los veinte una ruptura puede parecer el final del mundo, un fracaso profesional puede parecer una sentencia y cualquier error puede sonar a definitivo.
A los cuarenta ya has sobrevivido a cosas que pensabas que no superarías y eso modifica la escala. Has visto problemas enormes hacerse pequeños con el tiempo, a personas imprescindibles convertirse en recuerdos e incluso fracasos que terminaron llevándote a lugares mejores.
Dejamos de pensar que existe una única vida correcta
Creo que esto también ocurre con los años. Porque a los veinte parece existir una especie de itinerario oficial, algo así como estudios > trabajo > pareja > casa > hijos > ascenso > hipoteca... Felicitaciones, ha completado usted correctamente la vida adulta.
Pero después una se divorcia y resulta ser más feliz, otra cambia de profesión a los 47, otra decide que no quiere pareja, otra empieza una relación cuando creía que esa etapa había terminado, otra tiene una hija a los 43 mientras otra decide no tener y otra deja un puesto fantástico porque ya no quiere esa vida.
Cualquier cosa es posible. No hay una única forma correcta de vivir. Hay miles de vidas y la tuya no se parece a ninguna.
A los 40 también puedes empezar
Esto me parece importantísimo. Porque existe una narrativa extraña según la cual los grandes comienzos pertenecen a la juventud, como si después de determinada edad solo tocara mantener lo construido.
Pero Bellucci fue madre alrededor de los 40, volvió a serlo a los 45 (y Cameron Diaz tuvo al tercer a los 52 años) y a los 50 entró en una de las franquicias cinematográficas más famosas del mundo interpretando precisamente a una mujer madura deseada por James Bond.
No tenemos que hacer algo extraordinario a los 50, no es obligatorio, pero la vida no se cierra a los 40.
Puedes empezar un negocio, estudiar, enamorarte, separarte, viajar, escribir, cambiar de profesión, ponerte fuerte, aprender un idioma o hacer nuevas amigas. Puedes empezar de cero en alguna parte o simplemente disfrutar de lo que ya tienes.
La edad adulta no debería convertirse en una sala de espera.
No quiero volver a los veinte
Me gustaría recuperar algunas cosas, claro, quizá esa sensación maravillosa de que el tiempo era infinito, pero no quiero volver a la incertidumbre ni a las inseguridades ni a la urgencia ni quiero que vuelva la importancia que concedía a opiniones que hoy probablemente ni siquiera escucharía.
Quiero seguir hacia delante. Porque cada edad pierde unas cosas y gana otras. Y quizá el problema es que hemos hablado muchísimo de lo que las mujeres perdemos al cumplir años y demasiado poco de todo lo que adquirimos.
No echo de menos ser joven. Echo de menos preocuparme menos
Aunque quizá el título de este artículo tenga trampa, porque cuanto más lo pienso, más creo que sucede justo lo contrario; no echo de menos preocuparme menos cuando era joven, estoy aprendiendo a preocuparme menos ahora. Precisamente porque empiezo a distinguir mejor qué cosas merecen importarme.
Eso quizá sea la perspectiva, el hecho de entender que no todas las batallas merecen ser libradas, que no todas las opiniones necesitan respuesta y que no todos los errores merecen castigo. Y sobre todo que no tenemos que convertirnos en la mujer que imaginábamos a los veinte.
Así que no, Monica. Yo tampoco volvería a los veinte por nada del mundo.
¿Y tú? Si pudieras recuperar el cuerpo de los 20 pero tuvieras que recuperar también aquella cabeza, aquellas inseguridades y aquellas preocupaciones ¿aceptarías el trato? Te leo.

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