Seguro que si has vivido ya varias décadas, como yo, ya eres capaz de diferenciar comportamientos generacionales o al menos, observar diferencias entre unas y otras personas. Y los que nacimos entre los años 65 o primeros de los 80, crecimos escuchando algunas versiones de estas frases: «hay que ser responsable», «primero termina lo que tienes que hacer», «no seas egoísta», «Ayuda a tu hermana», «llama a tu abuela», «no contestes», «aguanta un poco» o «ya descansarás».
¿Te suenan? A mí más de una, lo reconozco y alguna que otra más. Y lo mejor es que, una de las grandes máximas educativas de nuestra generación era algo así como «porque hay que hacerlo», sin más explicaciones. Las cosas simplemente se hacían.
Y entre unas y otras, procurábamos no molestar demasiado mientras aprendíamos bastante pronto que ser una «buena chica» tenía mucho que ver con pensar en los demás. Sí, eso sin duda funcionó. El problema es que algunas aprendimos tan bien a cuidar, responsabilizarnos y aguantar que nadie se acordó de enseñarnos cómo cuidarnos a nosotras mismas sin sentir que estábamos fallándole a alguien.
Fuimos educadas para ser responsables, no necesariamente para escucharnos
No creo que nuestros padres lo hicieran mal deliberadamente. Ellos también educaban con las herramientas que habían recibido y venían, además, de generaciones todavía más duras.
Muchas de nuestras madres crecieron viendo a mujeres que trabajaban dentro y fuera de casa, cuidaban hijos, atendían padres mayores, preparaban comidas, mantenían vínculos familiares y seguían adelante prácticamente con cualquier cosa. Mi abuela es una de ellas, una matriarca, un nexo y con un espíritu de fortaleza férrea.
Ellas, nuestras abuelas, aprendieron que la vida consistía, en buena medida, en cumplir con lo que tocaba. Y preguntarse «¿qué necesito yo?» podía parecer casi una extravagancia y así, parte de eso llegó hasta nosotras.
Porque las niñas responsables recibíamos aprobación y las que ayudábamos y las que sacábamos buenas notas y las que no dábamos problemas y las que éramos maduras «para nuestra edad» y las que sabíamos adaptarnos.
De esta forma, aprendimos a asociar ser buena = no dar demasiado trabajo a los demás.
Después crecimos... y seguimos haciéndolo
Lo curioso es que una conducta que resulta maravillosa en una niña responsable puede convertirse en una trampa cuando esa niña cumple cuarenta y tantos ¿no te parece? Porque ya no se trata de recoger tu habitación o ayudar en casa.
Ahora tienes trabajo, hijos quizá, padres que empiezan a necesitarte, una pareja, una casa, facturas, médicos, cumpleaños, colegios, grupos de WhatsApp, compras, citas, problemas laborales, trámites administrativos y una cantidad absurda de contraseñas que aparentemente también forman parte de la vida adulta. Y seguimos haciendo lo que aprendimos.
Pero que seamos capaces de sostener muchas cosas no significa que debamos sostenerlas todas. La capacidad no implica obligación ¿ya lo sabes?
La generación de la carga mental
El trabajo cotidiano no es nada agradecido y no destaca en absoluto. Por eso cosas como hacer la compra (y saber qué falta), llevar a alguien al médico (y recordar todas las citas de todos), comprar un regalo (y recordar los cumpleaños) y resolver todos los problemas del día a día supone una tremenda carga.
Porque toda esa información la tenemos permanentemente activa en la cabeza. Como pestañas abiertas. Y muchas mujeres de nuestra generación no solo hacemos todas esas cosas, sino que también somos las encargadas invisibles de que todo suceda. Y, cuando algo falla, además solemos preguntarnos qué podríamos haber hecho nosotras para evitarlo.
Un magnífico negocio, pero para el resto.
Y entonces apareció la culpa
Y aquí está una de las grandes palabras de nuestra generación: culpa ¡tócate los pies!
Pero sí, sentimos culpa si trabajamos demasiado o demasiado poco, si dejamos a los niños para hacer algo solas o si estamos con ellos pensando en el trabajo o si decimos a alguien que no o si estamos cansadas para seguir o si no queremos cocinar o si estamos descansando... La lista no terminaría nunca ¿pero quién inventó esto?
Esta voz, este constructo maligno lo edificamos durante años y ahí sigue, bien erguidito.
Nos enseñaron a detectar las necesidades ajenas antes que las propias
Pregúntale a muchas mujeres qué necesitan sus hijos y probablemente podrán hacerte una lista, incluso si les pregunta qué necesita su pareja, su madre o hasta su jefe. Pero si preguntas «¿y tú qué necesitas?»... Silencio.
Hemos desarrollado una extraordinaria capacidad para leer el entorno mientras ignorábamos las señales que venían de dentro. Es curioso ¿verdad? Para atender una necesidad ajena nos basta con que exista. Pero para atender una propia parece que necesitamos presentar un expediente.
Ser fuerte también se convirtió en una identidad
A muchas también nos dijeron «tú puedes con todo», como si fuera un cumplido que, más adelante, convertimos en obligación. Pero, cuando todo el mundo piensa que puedes con todo, simplemente te dejan hacerlo, añadiendo incluso más carga a tu carga.
Así que ¿por qué no dejamos ya de sentir tanto orgullo cuando nos dicen «no sé cómo puedes con todo»? Quizá deberíamos responder «yo tampoco, por eso voy a dejar de hacerlo».
Después de los 40 empieza a ocurrir algo interesante
Creo que es una década muy reveladora y sin duda, muchas de nosotras empezamos a cansarnos o a ver las cosas de otra manera. Con suerte, empezamos a plantearnos dónde estamos nosotras en todo esto, dónde nuestras necesidades.
Porque CUIDARNOS NO SUPONE DEJAR DE CUIDAR A LOS DEMÁS. Cuidarnos significa dejar de desaparecer mientras lo hacemos.
Quizá no necesitamos aprender a cuidarnos. Necesitamos desaprender la culpa
Sabemos perfectamente qué significa cuidarse ¿verdad que sí? Significa dormir, comer más o menos bien, mover el cuerpo, descansar, tener tiempo propio, pedir ayuda, decir que no... ¿Lo tienes claro?
El problema es permitirnos hacerlo. Porque detrás aparece aquella programación antigua que comentaba al inicio de este artículo. Y este es el aprendizaje más importantes de esta etapa, que tú también eres una de esas cosas importantes.
No queremos convertirnos en nuestras madres
Y no digo esto como una crítica hacia ellas, sino al contrario. Muchas hicieron (y siguen haciendo) muchísimo con muy poco. Pero también renunciaron, dejaron proyectos para después, pospusieron deseos, llevan décadas cuidando y cuando llegaron a una edad en la que por fin podían preguntarse qué querían ellas... casi habían olvidado la respuesta.
Quizá nuestra generación tenga una oportunidad extraordinaria, la oportunidad de quedarnos con su fortaleza sin heredar necesariamente todos sus sacrificios.
Cuidar de ti no significa abandonar a nadie
Esto lo tenemos que interiorizar. Podemos querer profundamente a nuestros hijos y necesitar estar sola o ser excelentes profesionales y no contestar mensajes a cualquier hora o ser generosas sin estar siempre disponibles o ayudar sin convertirnos en las responsables de solucionar la vida de los demás. Me entiendes ¿verdad?
Porque el autocuidado del que hablo no consiste en baños de espuma, velas aromáticas y escapadas de fin de semana.
Quizá estamos criando de otra manera por eso
Muchas mujeres de nuestra generación estamos intentando enseñar a nuestros hijos cosas que nosotras tuvimos que aprender siendo adultas. Y les preguntamos cómo se sienten o les decimos que pueden decir que no o intentamos respetar sus límites o les hablamos de emociones o les explicamos que equivocarse es normal.
Intentamos que entiendan que descansar no es ser vago, que llorar no es ser débil y que pedir ayuda no significa fracasar. Y mientras se lo enseñamos a ellos, con suerte, nos damos cuenta de que también necesitábamos escucharlo nosotras.
Quizá parte de criar diferente consiste precisamente en eso. En romper algunas cadenas sin despreciar a quienes nos las entregaron.
Tal vez nuestra segunda mitad de la vida consista en incluirnos
No necesitamos dejar de ser responsables, solo dejar de construir nuestra vida alrededor de todo el mundo excepto de nosotras mismas.
Porque quizá fuimos la generación que mejor aprendió a cuidar de los demás (o la segunda mejor). Pero todavía estamos a tiempo de convertirnos también en la generación que aprendió, por fin, a no abandonarse a sí misma mientras lo hacía.
🌿 Y tú ¿qué aprendiste antes: a cuidar de los demás o a cuidarte a ti? ¿Qué cosa sigues haciendo por obligación o culpa aunque hace tiempo que sabes que ya no quieres hacerla? Te leo en los comentarios.
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