El otro día tuve que esperar, nada dramático, solo una espera más. Y casi automáticamente saqué el móvil y busqué una aplicación, pero fíjate en el gesto. Después lo pensé ¿en qué momento cinco minutos sin hacer nada se convirtieron en un problema que había que solucionar?
Ahora esperamos mirando el móvil, comemos viendo algo, caminamos escuchando algo, conducimos con música, con un podcast o con un audiolibro... ¿Ves a qué me refiero?
Y lo peor, si una página tarda tres segundos en cargar, empezamos a sospechar que internet ha colapsado o simplemente la cerramos y buscamos otra. Así nos pasamos la vida buscando "esas soluciones"; si hace calor, aire acondicionado, si hace frío calefacción, si tenemos hambre podemos conseguir comida casi inmediatamente...
Nunca en la historia habíamos tenido tantas herramientas para evitar pequeñas incomodidades y tan rápidas y aun así, la sensación es que cada vez nos cuesta más soportarlas.
Siempre que pienso en esto me viene a la mente una anécdota; la niña que yo tenía en acogida no soportaba sentir nada en su cuerpo. Descubrió una crema que aliviaba el picor y se la ponía a cada momento, para todo, cualquier sensación crema, hasta el punto de gastar un tubo entero en menos de un mes y eso me pareció excesivo.
Para evitar eso le compré un tubo de vaselina y le dije que eso le aliviaría cualquier picor o dolor y que podía usarlo todas las veces que quisiera y funcionó, al menos para evitar el anterior mal uso de un medicamento. Pero sí, le mentí y sí, eso nos pasa a todas en general, que cada vez toleramos menos la incomodidad, sea cual sea.
Hemos construido una vida extraordinariamente cómoda
Pensemos por un momento en cómo vivían nuestros abuelos. Nuestras propias familias conocieron casas sin calefacción, trabajos físicamente agotadores y sin fines de semana, desplazamientos largos, comunicaciones lentas y una capacidad de espera que hoy nos parecería sobrenatural.
Mi abuelo, por ejemplo, hacía grandes distancias a pie, a veces incluso caminaba toda la noche para vender lo que producían sus huertos y campos o para ver a mi abuela.
Cuando querían saber algo tenían que buscarlo y a veces necesitaban varias fuentes y no digamos para poder comprar según qué cosas. ¿Y nuestros padres o nosotros mismos de pequeños? Para ver el siguiente capítulo de Heidi había que esperar una semana entera y cuando estábamos jugando y nos descalificaban, teníamos que esperar a que el juego terminase por completo para poder volver a jugar y eso si conseguías convencer al resto para hacer otra partida. Pero sobrevivimos.
La tecnología ha eliminado muchísimas dificultades y eso es fantástico. No creo que pasar frío fortalezca el carácter ni que lavar la ropa a mano nos convierta en mejores personas. El progreso consiste precisamente en eliminar sufrimiento y esfuerzo o consumo de tiempo innecesarios.
Pero es que estamos ya acercándonos al otro extremo y ya empezamos a considerar insoportable cualquier esfuerzo.
Ya no sabemos aburrirnos
¿Cuándo fue la última vez que te aburriste de verdad? ¿Te acuerdas? Y no me refiero a decir «me aburro» y abrir Instagram o empezar a hacer ejercicios de inglés en la app, como hago yo la mitad de veces que estoy inmóvil dando de mamar a mi hija. Me refiero a no tener absolutamente nada que hacer y quedarte ahí, sin más, mirando, pensando o solo esperando.
El aburrimiento prácticamente ha desaparecido de nuestra vida porque llevamos una máquina contra el aburrimiento permanentemente en el bolsillo. Y así afrontamos cualquier cosa: hay que hacer cola: el móvil, hay que esperar a alguien: el móvil, hay anuncios en la televisión: el móvil.
Reconozcámoslo: algunos ya no vamos ni al baño solos y no me refiero a cuando nos siguen nuestros hijos para decirnos lo que sea o solo estar ahí con nosotros, evitando el abandono. Ya no sabemos cagar sin internet.
¿No te parece que estamos perdiendo algo? Porque esos pequeños espacios vacíos eran precisamente momentos en los que la mente vagaba, recordaba, imaginaba o simplemente descansaba y ahora llenamos cada hueco y después nos preguntamos por qué sentimos que nuestra cabeza nunca se apaga.
Esperar se ha convertido en una anomalía
Queremos respuestas inmediatas, mensajes inmediatos, entregas inmediatas, resultados inmediatos. Y esa expectativa empieza a trasladarse a cosas que, por definición, necesitan tiempo. Por ejemplo, queremos empezar a hacer ejercicio y notar cambios rápidamente o empezar una dieta y adelgazar enseguida o publicar algo y recibir atención o crear un negocio y conseguir clientes inmediatamente.
¿Y en las relaciones? Ahí es aún peor, porque acabamos de conocer a alguien y ya queremos saber hacia dónde va la relación.
Tenemos acceso instantáneo a casi todo y nuestro cerebro trabaja a marchas forzadas y colapsa de vez en cuando. Y es que algunas de las cosas más importantes de la vida siguen funcionando con una tecnología antiquísima, el tiempo.
La frustración también forma parte de vivir
Hay otra incomodidad que intentamos evitar constantemente: que las cosas no salgan como queremos. Esa es buena ¿eh? Nos cuesta aceptar los errores. Anoche mismo estaba sola con toda la tribu de niños que ahora pasan las vacaciones en casa y no sabía que hacer para cenar, pero como habían comido lentejas y estaban hartos de sopas y cremas, preparé unos sándwich (integrales) de pollo cocido y queso.
Solo te digo que la mitad de la plantilla hizo ascos y prefirió comer sobras ¡ay! Los niños son así, pero cómo frustra querer hacer las cosas bien y no acertar.
Nos cuesta encajar un no, una crítica o una derrota, incluso que otra persona piense de forma completamente diferente a la nuestra. Y eso es tolerancia a la frustración (como le dicen a nuestros hijos en el cole): esa es nuestra capacidad para soportar que la realidad no coincida exactamente con nuestros deseos sin sentir que todo se viene abajo.
Pero no lo confundas con resignarse, porque la tolerancia a la frustración es poder pensar «esto no me gusta, pero puedo soportarlo».
No todo lo incómodo es malo
Creo que hemos empezado a utilizar el «me hace sentir mal» casi como sinónimo de «me hace daño». Pero hay una diferencia, porque entrenar puede resultar incómodo, aprender algo difícil puede frustrarte o reconocer que estabas equivocada puede doler, pero nada de esto significa que debamos parar.
Hay incomodidades que avisan de un peligro y otras que simplemente indican que estamos haciendo algo difícil o que nos cuesta un esfuerzo. Y aprender a distinguirlas me parece muchísimo más útil que intentar eliminarlas todas.
El esfuerzo se ha ganado una reputación terrible
Durante los últimos años nos han vendido la idea de que si encuentras aquello que realmente te apasiona, todo fluirá ¿te sueno? Algo como eso de "si trabajas en lo que te gusta no trabajarás nunca".
Pues no bonita, a lo mejor no fluye tanto. Puedes amar tu trabajo y tener días en los que no quieras hacerlo o puede que te guste hacer ejercicio pero que algunas veces prefieras quedarte en el sofá.
Y que algo requiera esfuerzo no significa que hayas elegido mal. El esfuerzo solo es eso, esfuerzo y a veces es necesario.
Y entonces llegamos nosotras
Quienes crecimos en los años 70 y 80 vivimos una transición bastante interesante porque nuestra infancia todavía fue analógica. Es decir, que nosotras todavía tuvimos que esperar, que aburrirnos y además jugábamos en el calle.
Y, por si ya no te acuerdas, solo había una tele en la mayoría de los hogares (con un canal solo al principio) y si queríamos ver dibujos teníamos que esperar a que terminasen las noticias o la programación para los adultos ¡y no podíamos escoger qué dibujos preferíamos ver!
Y ahora vivimos en un mundo donde podemos comprar desde el sofá, hablar instantáneamente con alguien situado a miles de kilómetros y preguntarle prácticamente cualquier cosa a una inteligencia artificial.
Somos una especie de generación bisagra. Y quizá precisamente por eso podemos apreciar que hemos ganado una comodidad extraordinaria, pero necesitamos aprender a utilizarla sin volvernos dependientes de ella.
No propongo volver a sufrir
No pienso apagar la calefacción ni renunciar a internet ni bajar a lavar las sábanas en el río. Gracias por eso. Pero tampoco quiero romantizar las dificultades. No quiero perder la capacidad de afrontar aquello que no puedo evitar.
Porque esto va a ser así y la vida seguirá trayendo esperas, fracasos, dolor, enfermedades, personas insoportables, errores, cambios, pérdidas, incertidumbre y todo lo que nos toque. Y ninguna aplicación podrá evitarnos todo eso.
Piensa que la comodidad es maravillosa, pero la fragilidad ante cualquier incomodidad, ya no lo es tanto.
Podemos entrenar la tolerancia a la incomodidad
Y podemos empezar por cosas bastante pequeñas. Por ejemplo, la próxima vez que tengas que esperar cinco minutos, no saques inmediatamente el móvil. O cuando salgas a caminar, prueba algún día a hacerlo sin escuchar nada o cuando quieras comprar algo, espera al menos 24 horas.
¿Probamos? Porque la tolerancia a la incomodidad también se entrena.
Quizá vivir bien no signifique estar cómoda todo el tiempo
Quiero una vida cómoda, electrodomésticos, medicina moderna y que mis paquetes lleguen puntualmente, ya puestos. Pero también quiero conservar la capacidad de estar bien cuando las cosas no están bien. Y esto me parece mucho más importante.
Quiero atravesar una mala temporada sin interpretar automáticamente que mi vida está mal. Porque creo que la verdadera fortaleza reside en no necesitar que todo sea fácil para poder seguir adelante.
Ahora quiero saber qué piensas tú: ¿crees que nuestra generación toleraba mejor la frustración y la espera o simplemente recordamos nuestra juventud con cierta nostalgia? ¿Qué pequeña incomodidad notas que ahora soportas mucho peor? Te leo en los comentarios.

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