No sé exactamente en qué momento decidimos que las vacaciones eran para descansar. Debió de ser antes de tener hijos, familia, casas, compromisos, maletas, lavadoras y un grupo de WhatsApp preguntando a qué hora quedamos mañana.
Porque llega finales de agosto y, si a estas alturas deberíamos sentirnos renovadas, bronceadas, descansadas y con una energía extraordinaria para afrontar septiembre, yo debo haberme perdido algo.
Y por otra parte ¿descansadas de qué? Porque hay veranos en los que una vuelve necesitando vacaciones de las vacaciones.
El descanso también se convirtió en una expectativa
Nos pasa con casi todo, que parece que no nos basta solo con vivir, que siempre tenemos que hacerlo de la forma más correcta. Y las vacaciones oficialmente deberían ser para desconectar, pasar tiempo de calidad con la familia, viajar, leer, ordenar la casa, socializar, cuidarnos... En fin, todo eso que ya sabemos.
Y, francamente ¿tú llegas? Pues yo tampoco.
Cambiar de obligaciones no siempre significa descansar
El gran engaño del verano: las responsabilidades. Porque no sé si a ti te pasa, pero en vacaciones dejamos algunas responsabilidades y entonces aparecen otras. Me explico.
No tenemos que preparar la mochila del colegio, pero preparamos la de la piscina o no llevamos a los niños de un sitio a otro por actividades, pero tenemos que pensar qué hacer con ellos durante todo el día y, aunque no preparemos las mismas comidas, seguimos pensando en qué comer, mañana, tarde y noche.
Y cuando viajas, sumamos maletas, desplazamientos, reservas, horarios y esa fascinante tradición familiar según la cual siempre hay alguien que pregunta ¿y qué hacemos mañana? Como si existiera un departamento de planificación vacacional y, por algún motivo, tú fueras su directora.
Descansar no es solamente no trabajar
Sin duda aquí está parte del problema ¿tú también has asociado descanso con dejar de trabajar? Ay pobre. Bueno, a mí también me ha pasado muchas veces, hasta que llegan las vacaciones y veo que mi carga mental no se reduce significativamente y claro, sigo agotada.
Porque descansar también implica, entre otras cosas, dejar de decidir ¿y tú te puedes permitir eso en vacaciones? Yo no. Sigo teniendo que organizar, cuidar y resolver como cualquier otro día, aunque en otro contexto.
Creo que aunque pudiera estar una tarde entera tumbada en una hamaca, mi cabeza seguiría repasando los veinte asuntos pendientes, aunque bueno, no se ha dado el caso (me refiero a lo de la hamaca).
Agosto también puede ser un mes difícil
Parece que en verano haya que estar bien por sistema, así sin más, porque es verano ¿y eso a santo de qué?
Entonces la gente publica fotografías maravillosas, todos parecen felices y tú piensas que la vida, la tuya, no se ha detenido porque sea agosto, que tus problemas siguen ahí, sin saber que ¡estás de vacaciones!
Y entonces llega septiembre
A mí, septiembre siempre me ha parecido mucho más «un año nuevo» que enero, porque en enero estamos cansados, hace frío y acabamos de sobrevivir a varias semanas de comidas, compromisos y gastos. Pero en septiembre, en cambio, hay algo diferente.
En septiembre volvemos a los antiguos horarios o a otros nuevos, empiezan los colegios, las rutinas y todo apunta a un nuevo comienzo. Pero no caigas en el error de afrontar septiembre con una nueva lista de exigencias, que te veo.
Quieres hacer ejercicio, organizarte mejor, comer mejor, ahorrar más, leer más, todo, lo quieres todo. Y, sin apenas darnos cuenta, hemos conseguido transformar un nuevo comienzo en otro trabajo ¡y ya cansa de pensarlo!
Quizá septiembre no necesite una nueva versión de ti
Va, relájate un poco, no tienes que regresar de vacaciones convertida en una persona diferente, que ha reflexionado sobre su vida y ha visto la luz. Puedes simplemente volver, aunque estés cansada, desordenada y sin ganas. Y empezar desde ahí.
Recuerda que los cambios que realmente permanecen suelen empezar con algo pequeño.
Hazte una pregunta diferente
Piensa: «¿qué quiero que sea un poco más fácil este otoño?». Y con eso en mente, busca un punto de fricción y hazlo un poco más sencillo.
Un pequeño ejercicio para septiembre
Coge un papel y escribe solamente tres cosas: una que quieres recuperar. Puede ser caminar, leer, entrenar, escribir, quedar con alguien o simplemente acostarte antes.
Una que quieres eliminar. Una obligación innecesaria, una costumbre, un compromiso que ya no tiene sentido o algo que llevas demasiado tiempo haciendo en piloto automático.
Y una que quieres proteger. Tu salud, tu paz mental, tu proyecto, tu tiempo.
Tres cosas son suficientes. Porque uno de los aprendizajes que más valoro al cumplir años es precisamente que no siempre necesitamos añadir algo para mejorar nuestra vida, sino dejar de llenarla.
Tal vez no necesites recuperar la rutina
Quizá necesites construir una rutina que se parezca un poco más a la persona que eres ahora, ya que seguro que tampoco eres exactamente la misma. Por eso no me interesa demasiado eso de «volver a la normalidad» y prefiero volver a empezar desde donde estamos ahora.
Así que, si llegas a septiembre cansada después de unas vacaciones en las que supuestamente tenías que descansar, bienvenida al club. Recuerda que no necesitas recuperar el tiempo ni compensar nada y, desde luego, no necesitas convertirte en tu mejor versión antes del día 1, solo decidir qué merece acompañarte en la siguiente etapa y qué puedes, por fin, dejar atrás.
🌿 ¿Cómo llegas tú a septiembre: descansada, agotada, con ganas de empezar o necesitando unas vacaciones de tus vacaciones? Te leo en los comentarios.

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