¿Recuerdas esa época en la que bastaba con vivir? Qué tiempos aquellos... Pero ahora parece que, además, tenemos que optimizar nuestra vida al máximo; hay que dormir mejor, comer mejor, respirar mejor, meditar, hacer ejercicio, saber inglés, beber más agua, reducir el cortisol, aumentar la dopamina, cuidar la microbiota, hacer 10.000 pasos, evitar el azúcar... ¿Me dejo algo? ¿Conseguir las 7 bolas de dragón y un pedo de unicornio, ya que estamos?
Y, por supuesto, hacerlo todo siempre con una sonrisa porque, si no, todavía tendrás que añadir "trabajar la gratitud" a esa lista. Pues qué quieres que te diga, un poco sí que cansa todo esto.
Cuando vivir parece un proyecto empresarial
A veces tengo la sensación de que hemos convertido nuestra propia existencia o experiencia vital en una empresa ¿no te parece? Hay objetivos trimestrales, indicadores de rendimiento, hábitos que cumplir, hasta aplicaciones que nos recuerdan que llevamos 3 días sin meditar o que no hemos bebido suficiente agua, relojes para saber si hemos dormido bien y móviles que nos felicitan por cumplir los objetivos de pasos diarios ¡claro, así todo es más fácil!
No me extrañaría que cualquier día la nevera me enviara una evaluación del desempeño energético ¿te imaginas? "Vanesa, este mes has mantenido la puerta abierta más tiempo del habitual. Hay margen de mejora.".
La presión de hacerlo todo bien
No me malinterpretes, a mí me encanta aprender, me gustan los libros de superación y desarrollo personal y disfruto con datos sobre salud, ejercicio y nutrición. De hecho, en los últimos años hemos descubierto cosas fascinantes que contradicen muchas de las creencias con las que crecimos y eso significa que tenemos la capacidad de la curiosidad, que nos apoyamos en la ciencia y el pensamiento científico y que seguimos adelante, sin conformismos.
Pero una cosa es aprender y otra muy distinta vivir con la sensación permanente de que siempre lo estás haciendo mal. Por ejemplo, el fin de semana pasado mi tía le pintó las uñas a mi hija de 3 años por primera vez, algo aparentemente inocente. La niña le vio pintarse las suyas, lo pidió y mi tía lo hizo. Pues bien, días después leo un artículo que rezaba "No les pintéis las uñas a los niños pequeños" y explicaba que los esmaltes contienen tóxicos que no se especifican en sus envases, pero que no son aptos para los niños pequeños.
Pues te puedes imaginar el sentimiento de culpa que sentí, el agobio, el miedo momentáneo y demás cosas que se me pasaron por la cabeza. ¿Es que no hacemos nada bien?
Y con el resto lo mismo, claro, que si no entrenas suficiente, que si el café, que si el gluten, que si el ayuno, que si ahora resulta que hay que cenar antes y, por supuesto, añadir semillas machacadas a todas las comidas para una flora intestinal sana.
Y que vaya todo bien mientras recalculas tu vida en torno a todo lo que debes hacer, porque en ocasiones parece que por fin consigues entender una recomendación y entonces aparece otra que dice exactamente lo contrario ¡de eso ya ni hablamos!
Empiezo a sospechar que el único músculo que realmente estoy entrenando es el de la confusión.
Después de los 40 descubres algo importante
Con el tiempo, por suerte, parece que empezamos a valorar menos la perfección y mucho más la tranquilidad ¿no sientes lo mismo? Como que ya no nos agobiamos tanto con la rutina perfecta y nos conformamos con una que seamos capaces de mantener en el tiempo.
Quizá preferimos disfrutar de la comida sin negociar y sin buscar la perfección o no tratamos de ser las personas más productivas del mundo.
Supongo que es mejor priorizar el terminar el día con energía suficiente para poder reírnos de una tontería o sentarnos al sol sin sentir que estamos perdiendo el tiempo.
Quizá no necesitas otra lista
Vivimos rodeados de listas, a mí me gustan, lo reconozco, sobre todo la de la compra porque me ahorra tiempo.
Pero hay muchas listas más que nos dicen "las diez cosas que debes hacer", "los cinco hábitos de las personas exitosas", "las siete señales de que estás evolucionando", "las doce claves para no sé qué",... A este paso, cualquier día aparecerá un artículo titulado: "Las ocho formas correctas de doblar una toalla para alcanzar la paz interior".
Y habrá alguien vendiendo un curso sobre esto, que no te quepa duda. Y sí, hay una app solo para que te crees tus propias listas del tipo que sea.
El verdadero lujo
¿Sabes qué empiezo a considerar un auténtico lujo? Desayunar sin mirar el móvil, salir a caminar sin convertirlo en un reto deportivo (te aseguro que yo ya no me pongo mi pulsera de actividad, llámame rebelde), leer un libro porque sí, dormir una siesta sin justificación, quedar con una amiga sin sentir que debería estar aprovechando ese tiempo para hacer algo "más útil".
Porque quizá el bienestar no consista en añadir más tareas a la lista, sino en quitar unas cuantas.
No quiero ser mi mejor versión
Sé que esta frase puede sonar extraña, pero es que pienso que ya no quiero ser mi mejor versión todo el tiempo si eso implica someterme a una presión constante por cada decisión, tarea o paso que doy cada día.
Quiero ser una versión suficientemente buena, una mujer que cuide de sí misma sin obsesionarse, que aprenda sin compararse, que mejore sin vivir permanentemente insatisfecha, que pueda cambiar de opinión cuando aparezcan nuevas evidencias y que, de vez en cuando, pueda comerse un helado sin sentir que ha traicionado a toda la comunidad científica.
Porque, al final, la vida no debería parecer un examen constante, bastaría con que se pareciera más a vivir.
¿Y tú? ¿Hay alguna regla sobre salud, productividad o bienestar que hayas decidido dejar de seguir porque simplemente ya no encajaba contigo? Me encantará leerte en los comentarios.

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