Creo que es un tema muy recurrente, que no comentamos y que, a veces, no nos deja avanzar y sí, a mí también me pasa. Desde que me quedé embarazada, de alguna manera, mi cuerpo dejó de ser mío, había dejado de tener esa... libertad total.
Primero, porque debes tomar ciertas medidas durante el embarazo, además de medicación y suplementos adicionales, después porque también tienes restricciones, por ejemplo en los alimentos y finalmente, porque dejas de sentirte "conectada" contigo. Es decir, hasta ese momento si te dabas un golpe sabes que la zona probablemente se pondría morada y te molestaría unos días hasta que se repusiera, igual que sabías que tal medicación te aliviaba el dolor de cabeza o que ese tipo de comida que te sienta mal, obviamente te iba a poner mal cuerpo si te la tomabas. Esto es lo normal. Era.
Fíjate en eso: un pecho pequeño, un estómago fuerte, la sensación de ser capaz de afrontar cualquier reto, de poder con cualquier cosa... Eso es lo que hay en mi mente. Pero eso en nada se parece a lo que hay en mi espejo y lo peor es lo que comentaba antes, que el camino hasta acercarme a ese recuerdo es tan largo que voy a necesitar mucha disciplina para no echar la toalla antes de tiempo.
El camino no es lineal y las mejoras nunca son trayectos de ascenso constante. Muchas veces habrá retrocesos, piedras, pendientes más duras, suelo irregular o incertidumbres y muchos muchos altibajos. Esto es lo que pasa en la vida real y esto es lo que debemos saber enfrentar.
Porque llevas habitando en ti suficientes años como para saber cuáles eran las reacciones causa-efecto que ibas a sentir bajo determinadas circunstancias y, aunque hayan sido ejemplos malos me has entendido. Pues bien, en el embarazo no hay nada de eso; tienes determinadas sensaciones que intentas aliviar de una u otra forma, pero el resultado es diferente.
Sientes náuseas y unas veces se te pasan cuando comes algo salado o frutos secos, pero otras no y hay ocasiones en las que literalmente deseas desesperadamente escapar de tu cuerpo, salir de ti. Al menos, eso sentía yo, eso y un agobio constante por no saber cómo resolver las incomodidades que notaba, a pesar de seguir los consejos de la matrona, de Internet y de mi propio sentido común.
Pero bueno, eso fue solo el inicio de todo este periplo.
Después del parto tuve altibajos extraños; me hinché mucho justo al día siguiente, por la oxitocina y todos los líquidos intravenosos. Más adelante me deshinché pero con un aspecto bastante antinatural y después llegó la ansiedad por la comida y otros recursos para huir un poco de la realidad, no de la maternidad, que era algo que quería disfrutar al 100 % con todas mis fuerzas, sino de la otra realidad. Empecé a buscar en la comida la forma de tragarme esos sentimientos que no sabía gestionar, así que, a los kilos del embarazo les añadí otros 10 o 12 durante el primer año ¡una auténtica locura!
El proceso de sanar, cuando hay que escoger entre lo físico y lo mental o emocional
Mi objetivo principal era mi sanación mental y emocional, porque había una pequeño ser que dependía de mí y yo quería estar al 100 % para ella y es que, tener a alguien que te considera su referente y que imita tus comportamientos es un gran aliciente para querer ser una apersona mejor, con hábitos sanos, capaz de auto gestionarse y con paciencia suficiente para sostener las emociones de alguien que apenas empieza a desarrollar su corteza pre fontal.
Sentirme más fuerte y más capaz o reconectarme fue un camino largo. Primero porque mi vida había cambiado por completo, era todo nuevo y la mujer que recordaba no terminaba de encajar en esta nueva situación. Y segundo porque mi relación sentimental me había dejado tan destruida que dudaba incluso de mí misma o de mi propia percepción, a pesar de que yo siempre me había considerado una mujer fuerte, pero ¿qué había sido de esa mujer?
Pues lo cierto es que salí renovada y reforzada de todo ese proceso (que aún sigue), con más herramientas, con más seguridad y con una paz mental que hacía tiempo que necesitaba ¡fue fantástico! Pero ahora quedaba por delante toda la parte física, toda esa recuperación de mi mitad más expuesta, la que me devolvía el saludo en el espejo y con la que tenía que convivir.
Aceptar que ahora no tengo el mismo cuerpo que años atrás
Esta es la parte más difícil de asumir, porque en mi mente está la referencia de un cuerpo que ya no tengo y la distancia entre ese cuerpo y el que ahora luzco es tan grande que resulta frustrante, impensable que una vez fuera mío. Y, si quisiera acercarme a él, posiblemente hablamos de años de entrenamiento (seguro que más de uno) buscando unos resultados que ahora no encuentro.
Pero aun así, aunque logre superar mis prisas, mi frustración, mis ganas y mi falta de compasión conmigo misma, debo asumir que quizás nunca pueda volver a ese mismo punto. Porque ese cuerpo no había creado vida, no había estado sometido a ninguna intervención de ningún tipo, ese pecho no había creado leche a partir de su sangre, esa espalda no había pasado cientos de días y noches cargando a un bebé y esos brazos no habían sostenido al amor de mi vida hasta la extenuación.
Y entonces pienso que quizás no sea mi antiguo cuerpo lo que deseo recuperar, sino la vida asociada a él. Esa libertad que disfrutaba en aquellos años, la relación que tenía conmigo misma en aquel entonces, quizás la falta de cansancio constante, el hecho de no sentir dolor emocional o el tener muchas menos responsabilidades. O puede que solo trate de reconciliar todas las versiones de mí misma.
También es cierto que hay un entorno que presiona sobre esa idea de la recuperación del antiguo cuerpo, sobre el hecho de la delgadez, de la belleza, del aspecto tras un embarazo. Porque las redes sociales y los medios en general nos muestran unos estándares de cómo deberíamos ser las madres, del ritmo que debería tener nuestra propia recuperación y que reflejan un nivel de exigencia constante, insano e imposible para personas como yo. Y eso puede hacernos creer que nuestro valor va de la mano de cumplir con esas expectativas de recuperación ¿no te parece cruel?
Los días en los que me sigo enfadando conmigo
A día de hoy, todavía mantengo la lactancia, a pesar de que mi hija pronto cumplirá los tres años y no como empeño personal, solo porque creo que ella dejará el pecho naturalmente cuando esté preparada, igual como ha ido superando otras etapas por sí misma.
En un principio me planteaba aguantar hasta los 2 o 3 años mínimos que recomienda la OMS de forma universal, pero han pasado casi sin darme cuenta y, aunque ha habido varios momentos en los que pensaba que iba a destetarse, sigue reclamando teta a menudo, así que seguiremos un poco más a ver qué pasa.
Porque ella, como la mayoría de los bebés, tiene momentos en los que da varios pasos hacia adelante, pero luego necesita dar uno o dos hacia atrás. Y son esos retrocesos los que le dan seguridad e impulso para seguir ganando autonomía.
¿Qué pasa si sigo dando el pecho? Pues que mi cuerpo sigue estando atado a otra "propietaria" que también marca sus límites. Sigo sin poder comer o beber todo lo que quiera y con ciertas restricciones a la hora de tomar medicación.
Además, mi apetito es bastante voraz, a pesar de controlar mucho mejor la ansiedad con la comida o las ingestas compulsivas y todo esto es también un pequeño lastre en mis tobillos, aunque bien visto, puede ser un forma de hacer las cosas mejor, de forma más sana y con un ritmo tan lento que me impida volver al punto del que partía (esto es más un deseo que una convicción).
Y esa es la batalla constante, entre la inmediatez, las ganas de llegar ya, de verme como antes y la frustración de no poder hacerlo y de no encontrar ni si quiera un pequeño atajo por el que adelantar un poco...
La frustración, la dura y constante frustración que no te deja otro camino que acostumbrarte a ella y aprender cómo gestionarla cuando hace su aparición ¡dichosas expectativas!
Las prendas no me quedan como yo esperaba
Después está el tema de la ropa y ahí no hay escapatoria.
Porque este es el baremo más importante, cruel y claro que vas a poder encontrar. Porque por mucho que te digas a ti misma, por mucho que te prepares o que te imagines, la ropa te va a mostrar el punto del camino exacto en el que te encuentras sin ningún tipo de maquillaje y con brutal honestidad. Por eso a veces evitamos mirarnos al espejo y tememos los cambios de temporada. Pero déjame decirte que no hace falta estar escrutándonos constantemente, también hay que dejar de regodearse y relajarse un poco.
Mírate tú a ti misma, desde arriba ¿combina?, ¿te ves bien?, ¿te parece apropiado? Pues sal ya con lo puesto y mañana será otro día.
Lo peor es que yo tengo un armario lleno de ropa que me encanta, de diferentes tallas, pero la que ahora necesito es justo una que antes no había tenido, por lo que termino vistiendo siempre con las cuatro prendas que sé que me abrochan y día tras día, año tras año las mantengo, incluso las camisetas de lactancia que mi prima me regaló cuando nació mi hija (y que ya casi parecen papel de fumar de tantas lavadas como llevan).
¿Ventaja? Mi economía no se ha visto afectada, desde el embarazo, por desembolsos textiles para mí.
También hay muchos vídeos comparativos que te enseñan a vestir ciertas prendas y parecer más estilizada o glamurosa y está bien probar alguno, solo para demostrarnos que podemos tener un mejor aspecto a pesar de estar en otra talla. Espóiler: y eso tiene consecuencias directas en nuestro amor propio.
A veces veo a otras chicas que están en una talla parecida a la mía actual y las veo bien, estilosas, bonitas y pienso que saben sacarse partido y entiendo que quizás es solo mi frustración la que me sabotea y no me deja ver los aspectos positivos de este proceso. Pero no puedo esperar a estar bien solo cuando haya perdido X kilos porque, como dije antes, el proceso puede ser muy largo y necesito sentirme cómoda durante el camino, celebrar los avances, verme bien, quererme más y gustarme (notal mental: creerme esto).
Este cuerpo no es el enemigo
Así es, mi pobre y maltrecho cuerpo, este al que miro con tanto desagrado, incluso desprecio, no tiene la culpa y no es mi enemigo. Porque ha sido capaz de engendrar vida y de responder positivamente a todo lo que le ha pasado por encima. Ya en el embarazo superaba con nota todas las pruebas a las que le sometían, me sostuvo unas pocas horas después de pasar por una cesárea y superó uno a uno todos los combates que tuvo que librar. Aun ahora sigue mostrando signos de estar en equilibrio, sano y fuerte, aunque esté sobre lastrado.
Me soporta día a día, sostiene a mi hija siempre que ella lo necesita e incluso soporta con una entereza que me sorprendió desde el primer momento, esos entrenamientos a los que ahora lo someto. A pesar de acarrear todos esos kilos de más, también nuevos para él, mi cuerpo aguantó 15 minutos en la cinta de correr en su primer día.
Quizás esto te parezca poco pero, después de más de tres años, a mí me parecía imposible semejante proeza. Me sorprendió. ¡Pobre! En realidad lo estoy subestimando y no estoy siendo justa con él.
Nuestra naturaleza misma, los años, el desgaste, las circunstancias, todo convive y deja sus pequeñas huellas en un cuerpo que debe sobreponerse a todas ellas ¡y con suerte! Porque no siempre es así.
¿Te imaginas algo más resiliente que eso? Por eso, solo por eso, ya deberíamos querernos y estar agradecidas. Y en ese camino para construir esa versión mejor (que no anterior), deberíamos amar el proceso, disfrutarlo y afrontarlo quizá con ilusión. Dejemos de mirar atrás con nostalgia y empecemos a mirar hacia adelante con paciencia.
Algunos trucos para afrontar la ansiedad por la comida
El año pasado publiqué Dejar de darse atracones es fácil (si sabes cómo) y por eso no voy a ahondar mucho en el tema, para no hacerlo muy largo(da para un libro), pero puedes buscarlo si quieres profundizar más en esto o si te encuentras en otro punto del proceso y necesitas más ayuda.
Los atracones o esa ansiedad por la comida, pasa porque entiendas a qué se debe, cuál es la raíz del problema, sea un sentimiento que no sabes gestionar (como era mi caso) o cualquier otro bache al que te enfrentes. Y después de eso, debes entender que ese "bienestar" momentáneo que te proporciona la comida, ya sea porque acalla tu voz interior o porque ocupa el espacio que buscas rellenar, siempre va a tener consecuencias, siempre te va a pasar factura. Es decir, ese bienestar no lo es tanto cuando sabes que después del desahogo inicial vendrá un "dolor" que también tendrás que gestionar, físico y emocional.
Eso también es reprogramación mental, porque cuando recurres a la comida como alivio, tu mente asocia la comida a todas las situaciones en las que buscas esa sensación de alivio posterior y te lo recuerda cuando la buscas. Pero no te muestra las consecuencias que vendrán después ni la culpa ni el dolor.
Esto significa que debes enseñarle a tu cerebro dos cosas: a no ocultarte información y mostrarte la situación al completo (factura que pagarás tras el atracón incluida) y a buscar otras opciones para aliviar esos malos momentos, otras vías de alivio y bienestar.
En mi caso concreto, tras el esfuerzo por racionalizar todo esto y trabajar en ello cada día, empecé a anticiparme y dificultar esas recaídas. Por ejemplo, comiendo siempre a las mismas horas o llevando frutos secos en el bolso para evitar caprichos indebidos.
Además, añadí huevos revueltos al desayuno porque las proteínas son más saciantes y así aguantaba mejor las mañanas. Y también añadí dos onzas de chocolate negro (72 %) al finalizar mi comida principal del día y con eso calmé los caprichos de las tardes y las ganas de tomar chocolates, postres calóricos y otros productos altamente azucarados o de bollería industrial. Es como hackear tu mente.
Seguir adelante a pesar de los baches, las recaídas y los obstáculos
Esto no significa que no tenga días con la guardia más baja y vuelva a pasarme, pero eso sucederá con menor frecuencia cada vez, por ejemplo, solo ha pasado una vez en los últimos dos meses y eso es un logro, un avance y algo que hay que celebrar. Recuerda que esas celebraciones son las que enseñan a tu cerebro que eso está bien y que es a lo que debe recurrir en momentos de debilidad.
¿El gimnasio? Sí, empecé a ir, pero hay semanas en las que he ido una o ninguna vez y otras en las que he ido tres veces. En ocasiones por trabajo, pero también porque no me ha apetecido y me lo concedo. Sin embargo, sigo ahí, sin metas a corto plazo, solo con la intención de seguir yendo, de convertirlo en un hábito sin mayores pretensiones, pero un hábito al fin y al cabo.
Más adelante ya pensaré si debo hacer un entrenamiento u otro, qué músculos debo trabajar más, cómo organizo mis semanas y todo lo que implique eso. Ahora solo quiero ir, conseguir ir, aunque sea media hora, solo ir. Así es más fácil poder llevarlo a cabo.
A veces, las metas hay que trocearlas en objetivos más pequeños que nos sea más fácil cumplir y sostener en el tiempo. Así, desde ahí, podemos ir paso a paso, trabajando con nosotras y no contra nosotras, para descubrir y dejar salir con paciencia a la mujer que podemos llegar a ser. Y te prometo que esa mejor versión de ti misma va a merecer la pena.
Soy Vanesa Moliner, escritora y creadora de recursos para transformar tu mente, ordenar tu vida y activar tu éxito.
Si te gusta reflexionar sobre la vida y el crecimiento personal, puedes leer más en vanesamoliner.com o unirte a mi comunidad en Patreon.



Comentarios
Publicar un comentario
¿Te ha gustado? Dime cosas.