Lo he hecho, he empezado a salir del cascarón ¡ya tocaba! Mi prioridad absoluta es la crianza y en los primeros dos años la dependencia era total, aunque en ambas direcciones. Reconozco que estaba posponiendo muchas actividades y supeditando otras a que ella, mi hija, empezara a ir al colegio y ¡ya lleva 4 meses! Es momento de ampliar mis actividades sociales, porque, como dice mi psicólogo "no todo lo que hagas debe estar orientado a producir más".
Uno de los primeros placeres que me permití fue darme un masaje, por recomendación de mi amigo Fernando, desde aquí: gracias. Que nos toquen con cuidado, que nos permitan relajarnos y vaciar la mente y que nos reseteen el cuerpo es de verdad uno de los placeres más agradables que hay. Sobre todo teniendo en cuenta que las madres tenemos dolores habituales en cada rincón, fruto de coger a la bebé (de más 12 kilos), las malas posturas en la cama o mientras damos el pecho y un largo etcétera de malos hábitos físicos para adaptarnos a nuestros hijos y sus circunstancias.
Aunque también te digo que el masaje solo me dejó con ganas de darme otro. Y como no puedo hablarte de mis proyectos laborales y de todo lo que he adelantado en estos meses, sigamos con los placeres improductivos.
Me apunté a un club de lectura. Parece muy americano, pero llevaba tiempo queriendo hacerlo y casualmente encontré uno justo a mi medida. Eso me obliga a sacar tiempo para leer más, que también es algo que estaba deseando hacer y me lleva a leer cosas que quizás yo no escogería ¡y eso me parece estupendo para abrir un poco más mis horizontes! Estoy encantada con la idea y deseando que llegué la siguiente reunión.
Con los años, la experiencia y un bebé, aprendes a apreciar cosas más pequeñas que, sin darte cuenta, van recolocando tu vida; una conversación que llega en el momento justo; un hábito sencillo que se queda; una mañana cualquiera en la que, por primera vez en mucho tiempo, no tienes prisa; nuevos intereses; nuevas inquietudes. Detalles que también confirman que poco queda de la mujer que fui, pero eso era otra vida.
Creo que la mayoría de las veces las circunstancias mejoran por acumulación: de gestos pequeños, de elecciones discretas, de silencios bien colocados, de espacios. Y después de los 40 empiezas a notar que el cuerpo, la cabeza y el ánimo agradecen otras cosas, como dormir un poco mejor, comer con más atención o elegir con quién sí y con quién no. Respecto a lo de dormir, después de pasar 2 años durmiendo con el brazo estirado sobre la nena y medio cuerpo fuera, el volver a acurrucarme en la cama y poder taparme otra vez hasta las orejas en posición fetal es una auténtica delicia.
Espero no estar sonando como una señora mayor, pero realmente, decir “hasta aquí” sin necesidad de dar explicaciones largas, es un placer y una liberación. Sin duda reafirmaciones que construyen una perspectiva más sólida y respetuosa con quien soy y con quien quiero ser, aunque solo sea a ratitos.
Y es que hay algo profundamente liberador en empezar a disfrutar de lo cotidiano, de una tarde tranquila, de una risa inesperada, de una sensación de orden, la vida se vuelve más habitable ¡y amable! También cambia la manera en la que te hablas a ti misma y eso sí que es determinante. Cuando bajas las exigencias y las autoevaluaciones constantes y empiezas a cuidarte con respeto y compasión, todo tiene otro color.
Entonces aparece cierta complicidad contigo misma, como si por fin entendieras que no estás en una carrera, sino en un proceso, que también mereces toda tu atención. Y eso relaja.
He descubierto que muchas de las cosas que hoy valoro no habrían llamado mi atención hace años. Ahora sí: un entorno tranquilo, una casa que se siente refugio, una mente un poco más clara. Con todo eso se conforman los pilares que sostienen, pase lo que pase.
Quizá por eso, cuando alguien me pregunta si echo de menos versiones anteriores de mí, suelo pensar que no. Cada etapa ha tenido lo suyo, pero esta tiene algo especial: la capacidad de disfrutar sin expectativas y lo cierto es que estoy deseando descubrir lo que "traerá mañana la marea".
Al final, puede que la vida no cambie de golpe. Cambiamos nosotros al aprender a mirar. Y eso, curiosamente, lo transforma todo.

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