Ir al contenido principal

Vivir al ritmo de la naturaleza: lo que me enseñaron las estaciones (y los bichos)


Vivir en un pueblo diminuto tiene un ritmo propio, eso sin duda y no hace falta pasar mucho tiempo en él para darse cuenta de cuál es. Porque aquí no manda la agenda frenética de la ciudad ni el reloj de la oficina: mandan la naturaleza, el entorno y la calma. Recuerdo que hace 15 o 20 años, cuando solo venía de visita, a veces era un poco exasperante, porque todo el mundo parecía ajeno al mundo exterior ¡era como estar en otro planeta! Nadie tenía prisa y yo estaba a menudo con esa sensación de que "no voy a llegar" o "se hace tarde" mientras el resto era... feliz. Cuesta un poco entenderlo al principio, más que eso, cuesta un poco calmar el espíritu, pero al final te das cuenta de que no hay ninguna prisa y de que todo llega cuando tiene que llegar.

También el exterior o el entorno se vive de otra manera, como si estuviéramos más expuestos o quizás más conscientes de lo que nos rodea.  Y cada estación trae su carácter, sus sabores y, cómo no, sus pequeños “invitados” en forma de bichos, algo que, aunque pueda sonar incómodo, se convierte en una convivencia estacional que te enseña a aceptar, a adaptarte y, sobre todo, a vivir con más consciencia.



Otoño: calma y transformación

El otoño es tiempo de calma. Los turistas se van, vuelven los silencios, las rutinas, las costumbres y las caminatas se hacen más lentas. Los huertos se vacían y empieza el intercambio de conservas, mermeladas y frutos secos. Y todo se empieza a llenar de calabazas, así que es tiempo de tomar calabaza asada y de hacer purés y cremas. También empezarán pronto los membrillos, con ese olor tan peculiar y característico.

Y en octubre los reyes indiscutibles son las setas. Por aquí hay deliciosos níscalos o robellones como aquí se les conoce, por su característico color anaranjado, como oxidado. Antiguamente al óxido se le llamaba "robín" y esa palabra derivó en "robellado", que es como se dice en mi pueblo oxidado. De ahí el nombre de robellones. Pero si no los has probado ¡no te los pierdas! Fritos con ajos laminados o al horno ¡un auténtico manjar! Carnosos y deliciosos.

En esta época se valora la transformación: lo que fue abundante en verano se convierte en reservas para el invierno. El aprendizaje aquí es que siempre estamos sembrando para después y lo que acumules hoy con paciencia será tu sustento mañana.

Por otro lado, es muy agradable "recuperar" el pueblo y la calma, volver a salir y ver de nuevo las caras familiares de los vecinos, ya de vuelta a nuestra "normalidad".

Los montes cambian de color y pasan de los verdes a los pardos y marrones y empiezan a olerse las primeras leñas quemadas en los hogares.

También aparecen algunas hormigas grandes y lentas que no salían meses atrás y las avispas empiezan a desaparecer, aunque los mosquitos parece que son más resistentes este año y todavía quedan algunos rezagados, que, junto con las pequeñas moscas de la fruta, se resisten a abandonar el barco.

Invierno: quietud sin plagas

El invierno es otra historia. Frío, chimeneas encendidas con su característico olor a leña que impregna todas las callejas y una paz distinta. Y, curiosamente, casi ningún bicho se atreve ya a salir. Nada de cucarachas (jamás las he visto una por aquí), ratas o plagas urbanas, no tenemos nada de eso. Aquí el invierno no es escasez, es descanso, como si la naturaleza también necesitara dormir para renacer después.

Esa pausa forzada nos recuerda algo que olvidamos fácilmente en la ciudad: no siempre hay que producir o rendir, a veces toca parar.

Cuando era pequeña siempre que veníamos en invierno yo volvía a casa con las mejillas coloradas y la cara "fresca", me encantaba vivir las estaciones así, con tanta claridad. Y, en ocasiones, nieva en el pueblo, aunque también se ve la nieve en lo alto de las montañas que nos rodean.

Las calabazas están por todas partes, se han ido recogiendo y se mantienen en lugares frescos porque duran casi toda la estación y nos aprovechamos de su sabor dulce. Así que las comemos asadas o en cualquier tipo de postre hasta que se acaban. Te sugiero los buñuelos de calabaza o los bizcochos con puré de calabaza asada ¡no sabes lo que te estás perdiendo!

Primavera: el despertar y las primeras visitas

La primavera es una explosión de vida. Los huertos se llenan de color, los almendros y cerezos florecen y los vecinos empezamos a intercambiar verduras recién recogidas.

Los primeros senderistas empiezan a acudir en busca de rutas interesantes que les lleven a cuevas, a trincheras o restos de batallas de la guerra civil española a pueblos abandonados o a otros espacios curiosos de vidas anteriores, como las neveras, unas construcciones de piedra circulares en la que se mantenía el hielo para ser usado durante el verano.

Pero... con las flores también llegan las primeras moscas y las abejas y esas avispas que parecen empeñadas en recordarnos que la naturaleza siempre tiene la última palabra. Aquí uno aprende a no pelear contra ellas, sino a convivir, aceptando que todo forma parte del ciclo, pero también a tener una paleta siempre a mano para poder matar a alguna que moleste demasiado.

También se puede salir a coger espárragos silvestres para hacer alguna tortilla o acompañamiento e incluso "colejas", unas pequeñas hiervas similares a los canónigos que se comían mucho antiguamente, también en tortilla y que ahora ya casi se han olvidado.

Las lenguas amarillas de polen aparecen en la tierra y en los adoquines de las calles, algo que a mi hija y a mí nos llena la nariz de mocos, pero por suerte es solo un mes y lo pasamos.

Verano: abundancia… e insectos

En verano el pueblo huele a romero y... se multiplica: pasamos de ser menos de 50 habitantes a más de 200. Las calles vuelven a tener ruido, las casas se llenan de vida y hay grupos de niños siempre correteando por algún lado. Aunque también surgen otros inconvenientes, por ejemplo disminuye notablemente la fuerza del agua que llega a los hogares y eso se nota sobre todo en las duchas, pero son cosas de la convivencia. A veces también dormir cuesta un poco más por la algarabía de las calles. 

También los huertos rebosan: tomates, calabacines, melocotones, nísperos, prunas, ciruelas y pepinos, entre otras cosas ricas típicas de la estación.

Y, para mi desgracia, empieza la temporada de mosquitos a go-gó, día y noche y de hormigas trabajando por todas partes, que parecen no querer perderse el festín. Pero aunque puedan ser un fastidio, hay algo revelador: cuando hay abundancia, todos quieren un poco de ella. Una lección sencilla que aplica también a la vida: compartir multiplica, acumular solo trae peso.

Los veranos son intensos y también un poco pesados en ocasiones. Hay fiestas en el pueblo, coches moviéndose entre las callejas a todas horas y aparcados en cualquier sitio, música y mucha mucha gente.

Es momento de reencontrarse con esas personas a las que solo vemos una vez al año, de ponernos al día y de ver los cambios que el tiempo hace en unos y otros. 

Porque vivir en un pueblo diminuto me ha enseñado que la vida no se controla: se acompasa. Cada estación trae su lección, incluso los bichos y la clave está en vivir con lo que toca en ese momento, aunque eso suponga pasar un mes entero usando pimientos de guarnición o merendando calabaza asada. Me recuerda mucho a la temporada de los turrones, porque hay miles y son muy dulces, con lo que los comemos en abundancia cuando corresponde, pero el resto del año desaparecen y eso les aporta un valor adicional ¿no crees? Imagina que pudiéramos tomar fresas todo el año ¿te gustarían tanto como ahora? Pues en los pueblos pasa eso con prácticamente todo, que cada época trae sus cosas típicas y después desaparecen hasta el año próximo.

En los pueblos no hay acceso a tantas cosas importadas como encontramos en las ciudades, por eso todo parece mucho más apetecible y valioso, porque casi todo es temporal y porque nos adaptamos al momento y lo disfrutamos cuando toca.

Y es que la naturaleza no negocia, pero sí enseña: paciencia, gratitud y adaptación. Y si aprendes a seguir su ritmo, descubres que lo sencillo puede ser mucho más pleno que lo perfecto.

¿Qué estación te enseña más en tu día a día? ¿Cuál es tu favorita? ¿Con qué detalles relacionas cada una? Déjame tu respuesta en comentarios, me encantará leerte.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Las oportunidades no esperan: se eligen, se buscan y se viven

La vida no es infinita, aunque a veces vivamos como si lo fuera. Pero lo cierto es que cada día que despertamos es, en sí mismo, una oportunidad;  la posibilidad de volver a empezar, de intentarlo otra vez, de hacerlo mejor, de ponerle más corazón . Quizá la última y precisamente por eso importa tanto. En estos días la vida de mi abuelo se consume y si pudiéramos preguntarle él diría que quiere acabar cuanto antes y sin sufrir, que quiere ir en paz. Nosotros también lo deseamos, pero ni si quiera en eso parece que podamos escoger. Él tiene 96 años y ha vivido mucho, se ha dedicado al trabajo, a la familia y ha sido posiblemente el verdadero hombre de mi vida. De corazón noble, fuerte y capaz de afrontar cualquier sacrificio. Con él se van valores que querría recuperar para mí, para mi hija y para esta vida y quiero celebrar la suya, la que llevó, la que nos contó a través de sus anécdotas y todo ese legado que se llama Rafael Moliner Castillo. La oportunidad de hoy (que no se repit...

Vivir en un pueblo con calma: maternidad, silencio y raíces

Vivir en un pueblo es una idea que a muchos de nosotros nos resultaba cada vez más atractiva, sobre todo después de la pandemia, pero no necesariamente motivada por eso. También el bullicio, los precios, la escasez de oferta inmobiliaria y otros factores han influido. Y sí, déjame decirte que siempre es una buena idea, aunque no apta para todo el mundo. La vida rural funciona a otro ritmo y eso se respira en el aire, sin duda. En algunos aspectos, es como trasladar tu paz mental a tu contexto más cercano o retroalimentar esa paz interior con un exterior acorde e inspirador. Al final ambas cosas pueden ser dependientes. Además, en la mayor parte de los pueblos hay un porcentaje de viviendas que solo se usan los fines de semana (o en vacaciones), por aquellos que huyen de las ciudades y prefieren pasar sus días de descanso en entornos más tranquilos y que les ayuden a desconectar, a dormir mejor y a disfrutar de una tranquilidad que no es fácil encontrar en los entornos urbanos. Y eso se...

No somos invencibles, pero somos persistentes

8 de marzo: la fuerza silenciosa de las mujeres reales Porque cada 8 de marzo aparecen flores, mensajes bonitos, fotografías inspiradoras y discursos sobre la fuerza de las mujeres, felicitaciones... Todo eso está bien. Pero la mayoría de las mujeres no se sienten poderosas todos los días y no se levantan pensando que pueden con todo ni tampoco viven en una campaña publicitaria de autoestima permanente. La mayoría de ellas, de nosotras, simplemente sigue adelante; a veces cansadas, a veces preocupadas, a veces dudando y aun así seguimos. Y quizá ahí está la verdadera fuerza. La historia real de las mujeres no se escribe en los discursos La historia real se escribe en los pequeños actos que casi nadie ve; se escribe cuando una mujer sigue trabajando aunque esté agotada, cuando cuida de otros sin que nadie le pregunte cómo está ella, cuando se levanta después de una decepción o de una herida profunda y cuando aprende a decir “no” después de años diciendo “sí” . Nuestra historia se e...